Caminar al trabajo, un privilegio urbano reservado para una minoría

Imagen: El País
Caminar al trabajo se ha convertido en un privilegio silencioso para una minoría de trabajadores: apenas el 12% de los ocupados lo hace principalmente a pie. Frente a un modelo laboral dependiente del coche, esa rutina ahorra tiempo, dinero y estrés.
Caminar al trabajo ya no es la norma, sino un pequeño privilegio urbano. Según los datos citados por El País, apenas el 12% de los ocupados se desplaza principalmente a pie, una cifra muy por debajo del 19% que usa el transporte público y, sobre todo, del 64% que depende del coche para llegar a su empleo. Detrás de ese dato hay algo más que una simple preferencia de movilidad: hay tiempo ganado, gasto evitado y una calidad de vida que no todos pueden permitirse.
La brecha revela hasta qué punto ir andando al trabajo se ha vuelto un lujo condicionado por el lugar donde se vive, el tipo de empleo y la distancia entre casa y oficina. Quienes pueden hacerlo suelen ahorrar dinero en combustible, abonos o estacionamiento, y además reducen el estrés de los trayectos diarios. Pero no se trata solo de comodidad. También hay un componente de salud pública: caminar con regularidad mejora la actividad física cotidiana y recorta la dependencia del coche en ciudades cada vez más congestionadas. El problema es que, para millones de trabajadores, esa opción sigue siendo inviable por la dispersión urbana, los salarios ajustados o unas redes de transporte que no siempre conectan bien los barrios con los centros de empleo.
Este reparto de la movilidad laboral dice mucho sobre el modelo urbano y económico de fondo. En países como Estados Unidos, donde el automóvil ha moldeado durante décadas la vida diaria, llegar andando al trabajo puede ser prácticamente una excepción; en Colombia, aunque el transporte público sigue siendo la columna vertebral para muchos trabajadores, la informalidad y la distancia entre vivienda y empleo también empujan a trayectos largos y costosos. Por eso, la cifra no solo habla de cómo se mueve la gente, sino de quién puede vivir cerca de donde trabaja y quién queda atrapado en trayectos que consumen parte del salario y del día. Si caminar al trabajo es una experiencia tan deseable, la pregunta incómoda es por qué sigue siendo inaccesible para tantos.


