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PISA no convierte a una generación en analfabeta

Hace 1 hora
PISA no convierte a una generación en analfabeta

Imagen: El País

Reducir a los adolescentes a sus notas, el tiempo que pasan frente a una pantalla o sus hábitos de lectura es una forma pobre de entenderlos. El debate que despierta PISA dice más sobre la ansiedad adulta que sobre una generación supuestamente “analfabeta”.

Los resultados del informe PISA han reabierto una discusión vieja y peligrosa: la tentación de convertir a toda una generación de adolescentes en un problema estadístico. Pero medir su realidad solo por el rendimiento académico, las horas de pantalla o la frecuencia con la que leen fuera del aula es una simplificación que termina deformando el diagnóstico. Lo que revelan estos debates, más que una supuesta crisis juvenil, es la dificultad de los adultos para interpretar un cambio cultural que no encaja en categorías escolares clásicas.

La discusión pública suele caer en dos extremos igualmente cómodos. Por un lado, quienes leen cualquier descenso en las pruebas internacionales como prueba de un colapso educativo generalizado; por el otro, quienes minimizan las señales de alerta con el argumento de que los adolescentes simplemente aprenden de otra manera. Ninguna de esas miradas alcanza por sí sola. PISA importa porque ofrece una fotografía comparativa de competencias en lectura, matemáticas y ciencias, pero esa fotografía no agota la complejidad de una generación que estudia, socializa, consume información y construye identidad en entornos mucho más fragmentados que los de hace una década.

Ese es el punto que suele perderse cuando se habla de “analfabetismo” juvenil como si fuera una etiqueta precisa. Los adolescentes no son un bloque homogéneo, ni sus resultados escolares permiten explicar por completo sus capacidades reales, sus intereses o sus formas de procesamiento de información. La expansión de las pantallas, por ejemplo, no solo ha modificado los hábitos de lectura; también ha transformado la manera en que circula el conocimiento, se accede a contenidos y se organiza la atención. El problema no es reconocer esa mutación, sino confundirla con una decadencia automática. Si el debate se reduce a culpar a los jóvenes, el sistema educativo queda indemne y la conversación pública se vuelve moralista en lugar de útil.

Por eso, leer PISA exige algo más que alarma o resignación. Exige preguntarse qué escuela estamos ofreciendo, qué tipo de lectura valoramos y qué capacidades estamos midiendo realmente. También obliga a mirar el entorno social: desigualdad, acceso desigual a recursos, brechas de apoyo familiar y diferencias entre sistemas educativos pesan tanto o más que cualquier eslogan sobre la “generación de la pantalla”. En otras palabras, el dato importa, pero convertirlo en sentencia sobre una generación entera es una forma de renunciar a entenderla.

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