Estados Unidos

Atwood en Granada: sin pensamiento crítico, la sociedad corre hacia el abismo

Hace 1 hora
Atwood en Granada: sin pensamiento crítico, la sociedad corre hacia el abismo

Imagen: El País

Margaret Atwood aprovechó su investidura como doctora honoris causa en la Universidad de Granada para defender las humanidades como antídoto contra la confusión colectiva. La autora canadiense también lanzó una advertencia sobre el uso de la inteligencia artificial en la formación de los jóvenes.

Margaret Atwood convirtió su investidura como doctora honoris causa por la Universidad de Granada en algo más que un acto académico: lo usó como una advertencia pública sobre el rumbo cultural de las sociedades contemporáneas. La escritora canadiense, una de las voces literarias más influyentes de las últimas décadas, sostuvo que cuando una sociedad deja de pensar con claridad, se expone a caminar directo hacia el precipicio. Su mensaje, en tiempos de polarización, ruido informativo y dependencia tecnológica, aterriza con fuerza dentro y fuera del campus: sin lectura crítica, sin formación humanística y sin capacidad de interpretar el mundo, el debate público se vuelve más frágil y más manipulable.

El núcleo de su intervención estuvo en la defensa de las humanidades como una herramienta de supervivencia democrática y no como un adorno académico. Atwood planteó que estas disciplinas siguen siendo esenciales para entender el poder, el lenguaje y las narrativas que moldean la vida pública. En paralelo, expresó su preocupación por el lugar que la inteligencia artificial está ocupando en el proceso formativo de los jóvenes, especialmente cuando se utiliza para resolver tareas, redactar ideas o sustituir el esfuerzo intelectual en etapas en las que justamente debería consolidarse el pensamiento propio. Su inquietud no es menor: en universidades de todo el mundo, también en España y Colombia, crece la discusión sobre cómo incorporar estas tecnologías sin degradar la escritura, la lectura y la capacidad de argumentar.

La advertencia de Atwood no llega desde la nostalgia sino desde una comprensión muy precisa del presente. La autora ha construido buena parte de su obra sobre la vigilancia del poder, la manipulación del lenguaje y los peligros de los sistemas que imponen obediencia o simplifican la realidad hasta volverla aceptable. Por eso su intervención en Granada encaja con una conversación más amplia: la de una época en la que la tecnología ofrece eficiencia, pero también puede erosionar hábitos esenciales de aprendizaje si se adopta sin criterio. En el fondo, el problema no es solo qué puede hacer la inteligencia artificial, sino qué pasa con una generación que delega en ella la tarea de pensar antes de haber aprendido a hacerlo por sí misma.

El reconocimiento de la Universidad de Granada a Atwood tiene, así, una lectura que va más allá del homenaje. También funciona como una señal de alarma para el sistema educativo y para la sociedad en general. La pregunta de fondo ya no es si la inteligencia artificial entró en las aulas, porque eso ya ocurrió; la pregunta es si instituciones, docentes y estudiantes serán capaces de usarla sin entregar a una máquina el ejercicio más humano de todos: formar criterio. En ese punto, el mensaje de Atwood resulta incómodo, pero necesario. Porque la discusión no es sobre tecnología versus tradición, sino sobre qué tipo de ciudadanía se construye cuando pensar deja de ser una práctica central y se convierte en una función subcontratada.

Noticias relacionadas