Colombia

Guaviare, atrapado por la guerra: más de 900 campesinos siguen confinados

Hace 1 hora

Más de 900 campesinos de Guaviare cumplen casi un mes confinados por la disputa armada entre las disidencias de 'Calarcá' y 'Mordisco'. La comunidad denuncia hambre y falta de medicinas, mientras autoridades locales intentan abrir paso a una misión humanitaria.

Más de 900 campesinos del Guaviare llevan casi un mes confinados en medio de la confrontación entre las disidencias de 'Calarcá' y 'Mordisco', una disputa que no solo dejó una masacre en la zona, sino que terminó por encerrar a varias veredas en una emergencia humanitaria silenciosa. Las familias afectadas aseguran que ya enfrentan escasez de alimentos y medicamentos, una combinación que agrava la vulnerabilidad de una población que depende de la movilidad diaria para trabajar, abastecerse y acceder a servicios básicos.

De acuerdo con la información divulgada por El Tiempo (Colombia), las comunidades denuncian que el confinamiento ha roto por completo su rutina: no pueden salir con normalidad a vender sus productos, comprar víveres o buscar atención médica, y en algunos casos se han visto obligadas a racionar la comida. La falta de medicinas es especialmente delicada en una región donde los puestos de salud son limitados y la distancia con los centros urbanos convierte cualquier enfermedad en un riesgo mayor. Mientras tanto, las autoridades locales adelantan gestiones para organizar una misión humanitaria que permita llevar ayuda a los sectores más golpeados por esta crisis.

Lo que ocurre en Guaviare no es un episodio aislado, sino una radiografía de cómo la disputa entre estructuras armadas en territorios estratégicos termina castigando, ante todo, a la población civil. El departamento sigue siendo un corredor clave para economías ilegales, control territorial y disputa por rutas en el suroriente colombiano, una mezcla explosiva que históricamente ha puesto a los campesinos entre dos fuegos: el de los grupos armados y el del abandono estatal. Por eso, el confinamiento actual no solo evidencia una emergencia de orden público, sino también la fragilidad de la presencia institucional en zonas donde el Estado llega tarde o llega solo cuando la violencia ya se impuso.

La pregunta de fondo es cuánto más puede resistir una comunidad encerrada por actores que operan al margen de la ley y con capacidad real para imponer miedo sobre la vida cotidiana. Si la misión humanitaria logra entrar, aliviará una parte del drama inmediato; pero el problema de fondo seguirá ahí: la guerra por el control del territorio sigue teniendo como principales víctimas a los campesinos, que pagan con hambre, miedo e incertidumbre el precio de una confrontación que no provocaron. En regiones como Guaviare, la seguridad no se mide solo por el número de uniformados, sino por la posibilidad concreta de que una familia pueda sembrar, vender, curarse y volver a casa sin quedar atrapada por la violencia.

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