Mujeres y adultos de 18 a 59 concentran mayor riesgo suicida en El Salvador

Imagen: infobae
Un informe del PNUD reveló que las mujeres salvadoreñas presentan una probabilidad de riesgo suicida más del doble que los hombres. El estudio también alerta sobre mayores niveles de vulnerabilidad entre adultos de 18 a 59 años y personas que se sienten discriminadas.
Un informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) encendió las alertas en El Salvador al mostrar que la probabilidad de presentar conductas autolesivas o riesgo suicida llega al 8.7% entre las mujeres, más del doble del 4.1% registrado entre los hombres. El dato no solo confirma una brecha de género en salud mental, sino que también expone una presión silenciosa sobre sectores de la población que suelen quedar fuera del debate público.
Según informó Infobae a partir del estudio del PNUD, el análisis se elaboró con base en la Encuesta Nacional de Salud Mental y ubica además a los adultos entre 18 y 59 años como un grupo con especial exposición a este tipo de riesgos. La investigación también señala una mayor vulnerabilidad entre las personas que se perciben discriminadas, un elemento que suele actuar como factor agravante en contextos de ansiedad, depresión y aislamiento social. En otras palabras: no se trata solo de cifras, sino de condiciones de vida que empujan a muchos salvadoreños hacia un borde emocional cada vez más frágil.
El hallazgo importa porque pone en evidencia que la salud mental en El Salvador no puede seguir tratándose como un asunto individual o secundario. Las mujeres, los adultos en edad productiva y quienes enfrentan discriminación cargan con una mezcla de presiones económicas, sociales y familiares que puede terminar agravando el riesgo suicida. En un país donde persisten brechas de acceso a servicios de salud, estigma y limitaciones para pedir ayuda a tiempo, estos resultados deberían servir como una advertencia sobre la urgencia de fortalecer la atención psicológica, la detección temprana y las políticas de prevención.
Más allá del dato puntual, el informe abre una conversación incómoda pero necesaria: cuándo un problema emocional deja de ser invisible y pasa a convertirse en una crisis de salud pública. Si las autoridades no responden con recursos, campañas y redes de atención accesibles, el riesgo es que estas cifras se normalicen. Y cuando eso ocurre, el costo no lo paga solo el sistema sanitario: lo pagan las familias, las comunidades y una sociedad entera que aprende demasiado tarde a reconocer el sufrimiento de su gente.




