Política

Petro rompe la tradición y no condecorará a Abelardo De La Espriella

Hace 3 horas

La tradición de que un presidente saliente condecore al entrante quedó rota en este cierre de ciclo político, una señal más de la fractura entre Gustavo Petro y el poder que lo reemplazará. El gesto, pequeño en apariencia, revela tensiones mayores sobre institucionalidad y cortesía republicana.

La ausencia de una ceremonia de condecoración entre Gustavo Petro y Abelardo De La Espriella marca algo más que un vacío en el protocolo: confirma que la transición de poder llega atravesada por una ruptura política de alto voltaje. Cada cuatro años, el presidente saliente suele entregar al entrante las distinciones reservadas para la jefatura del Estado, un acto simbólico que busca subrayar continuidad institucional por encima de las diferencias ideológicas. Esta vez, según informó El Tiempo - Política, esa costumbre no se realizará, y el mensaje es tan político como diplomático: la relación entre ambos nombres no ofrece el mínimo terreno para una imagen de cortesía republicana.

En Colombia, estas ceremonias rara vez son simples adornos. Funcionan como una puesta en escena del Estado, una forma de decir que el poder cambia de manos sin dramatismos y que las instituciones sobreviven a los choques personales. Que no haya condecoración no implica por sí mismo una crisis formal, pero sí exhibe el deterioro del lenguaje político en un país donde los gestos importan tanto como los decretos. De acuerdo con lo que ha trascendido en el debate público, la decisión rompe con una práctica que, más allá del color político del gobierno de turno, había servido para enviar una señal de estabilidad en momentos de relevo presidencial.

¿Por qué importa esto? Porque en política los símbolos no son accesorios: ordenan el relato del poder. Un presidente saliente que entrega honores al entrante reconoce la legitimidad del relevo y, al mismo tiempo, protege la idea de que el Estado está por encima de la pelea partidista. Cuando ese puente se corta, la transición deja de verse como un trámite institucional y empieza a leerse como un ajuste de cuentas. Para la ciudadanía, cansada de polarización y de gobiernos que convierten cada diferencia en un pleito permanente, la ausencia de ese acto dice mucho sobre el clima político que atraviesa el país: menos ritual de Estado, más confrontación personal.

En el fondo, el episodio deja una pregunta incómoda sobre el estilo de poder que predomina en Colombia: si incluso las ceremonias diseñadas para contener la tensión ya no encuentran espacio, entonces el problema no es solo quién gobierna, sino cómo se concibe la convivencia democrática entre adversarios. La omisión de la condecoración puede parecer menor frente a los desafíos económicos, sociales y de seguridad que enfrenta el país, pero en política las formas también construyen fondo. Y cuando se rompe una costumbre presidencial, lo que queda al descubierto no es apenas una agenda cancelada, sino una relación institucional más frágil de lo que debería ser.

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