Alfredo Arias y la identidad que sobrevivió 56 años entre Buenos Aires y París

Imagen: infobae
Alfredo Arias, figura central de la vanguardia cultural argentina, repasa en París una vida de 56 años lejos del país que lo formó. Su identidad sigue siendo argentina, pero atravesada por una biografía francesa que convirtió el desarraigo en método creativo.
Alfredo Arias mira su historia desde París, donde vive hace 56 años, y la resume sin nostalgia ni dramatismo: su identidad sigue siendo argentina, pero su vida quedó moldeada por una ciudad que lo adoptó y por una trayectoria artística construida a fuerza de riesgo. El dramaturgo, una de las figuras más singulares de la vanguardia pop del Di Tella en los años 60, vuelve sobre su recorrido con una idea que explica bastante de su obra y de su biografía: tuvo la fortuna de atravesar experiencias para las que, según admite, no estaba del todo preparado.
La confesión no es menor. En su caso, el desarraigo no fue solo una circunstancia geográfica, sino una condición creativa. Arias llegó a consolidar en Francia una carrera que lo colocó en el cruce entre teatro, música, performance y experimentación visual, siempre con una impronta personal que se alimentó tanto de la Buenos Aires de aquellos años como del clima intelectual parisino. Su paso por el Di Tella lo ubicó entre quienes empujaron los límites del arte escénico argentino en un momento de efervescencia cultural, cuando la escena buscaba romper con lo convencional y ensayar lenguajes nuevos para una sociedad en transformación.
Lo interesante de su relato no es solo la memoria de una generación, sino la manera en que esa memoria dialoga con una pregunta más amplia: qué significa pertenecer cuando la vida ocurre en otro idioma, otra ciudad y otro sistema cultural. Arias no parece ofrecer una respuesta cerrada, y precisamente ahí está la potencia de su mirada. Su identidad no se diluye con los años; se expande. Y ese desplazamiento habla también de miles de argentinos que hicieron de la migración una forma de supervivencia, de búsqueda o de carrera, especialmente en décadas marcadas por crisis políticas y económicas. En su caso, París no borró a Buenos Aires: la reordenó dentro de una biografía que sigue teniendo acento argentino, aunque esté escrita desde Europa.
Esa es la clave de su testimonio: no idealiza el pasado, tampoco romantiza el exilio ni se instala en la queja. Arias parece haber entendido que la nostalgia puede ser una trampa cuando uno trabaja con la materia viva de la creación. Por eso su historia importa más allá del mundo del teatro. Habla de una generación que inventó lenguajes, de un artista que convirtió la distancia en perspectiva y de una identidad que no se define por la residencia, sino por la huella que deja el origen cuando ya no está todo el tiempo al alcance de la mano. En tiempos de discusiones sobre pertenencia, memoria y migración, su caso recuerda que vivir lejos no siempre equivale a dejar de ser de algún lugar; a veces significa aprender a habitar dos mapas al mismo tiempo.



