La Diada catalana enfrenta su vieja promesa integradora a la sombra de la xenofobia

Imagen: El País
La Diada llega otra vez cargada de identidad y disputa política, pero esta vez con un giro inquietante: la xenofobia y el racismo intentan ganar espacio en un debate que durante años se sostuvo sobre la integración. El 11 de Setembre vuelve a medir no solo el pulso soberanista, sino también los límites morales del independentismo.
La Diada de este 11 de Setembre ya no se discute solo en clave de soberanismo, sino en un terreno más incómodo y peligroso: quién define hoy el relato nacional en Cataluña. Las ideas que durante años buscaron presentarse como abiertas, integradoras y compatibles con la diversidad están siendo desafiadas por discursos que hacen de la xenofobia y el racismo su nuevo combustible político. Ese desplazamiento no es menor. Señala una batalla por el sentido común del independentismo y, al mismo tiempo, una prueba de estrés para la convivencia en una comunidad que ha cambiado profundamente en las últimas décadas.
Según el planteamiento que recoge El País, el debate de la Diada refleja una pugna entre dos pulsos distintos. Por un lado, la tradición política que quiso construir un proyecto nacional basado en la suma, en la idea de que Cataluña se ensancha con quienes llegan y participan de su vida social. Por el otro, una corriente que intenta capitalizar el malestar económico, la incertidumbre sobre la vivienda, la presión sobre los servicios públicos y el desgaste del conflicto territorial para proponer respuestas simples a problemas complejos. En ese terreno, la inmigración aparece cada vez más como chivo expiatorio, una fórmula conocida en Europa y especialmente efectiva cuando la política deja de explicar y empieza a señalar.
Lo relevante aquí no es solo la deriva de algunos sectores, sino su posible normalización. Cuando la xenofobia deja de ser un ruido marginal y empieza a competir por el centro del relato, el resultado suele ser una degradación del debate público. Cataluña no es ajena a esa tendencia: como en otros lugares de Europa, la crisis del proyecto político tradicional abre espacio a discursos de frontera, identidad cerrada y exclusión. Pero en el caso catalán el asunto tiene una carga adicional, porque la Diada no es una fecha cualquiera; es un símbolo que durante años se asoció a un relato cívico y transversal, capaz de interpelar a sectores diversos de la sociedad. Si ese marco se rompe, lo que queda es una pelea más áspera por la pertenencia, con consecuencias directas para quienes viven y trabajan allí, especialmente los migrantes y sus familias.
Por eso esta Diada importa más allá de la liturgia política. No solo pone a prueba la vitalidad del independentismo, también revela hasta qué punto el malestar social puede ser manipulado para legitimar mensajes excluyentes. En una Cataluña donde buena parte del crecimiento demográfico, la actividad económica y la vida cotidiana dependen de la integración de población llegada de fuera, convertir la diferencia en amenaza es una apuesta corrosiva. Lo que se juega en esta fecha, en el fondo, no es únicamente la agenda soberanista: es la calidad democrática del espacio público catalán y la clase de comunidad que sus dirigentes —y también sus votantes— están dispuestos a defender.




