Nvidia desafía la resaca de la IA con beneficios récord y un crecimiento de 126%

Imagen: El País
Nvidia cerró el segundo trimestre con beneficios cercanos a los 60.000 millones de dólares, un salto interanual de 126% que confirma que la fiebre por la inteligencia artificial sigue dejando ganancias extraordinarias. El resultado llega en medio de dudas bursátiles sobre si el auge de la IA está perdiendo impulso.
Nvidia volvió a demostrar que, por ahora, es la gran vencedora del negocio de la inteligencia artificial. La compañía cerró el segundo trimestre con beneficios cercanos a los 60.000 millones de dólares, un avance de 126% frente al mismo periodo del año pasado, una cifra que la coloca otra vez en el centro del mercado tecnológico global y desmiente, al menos por el momento, las apuestas sobre un enfriamiento de la demanda de chips para IA.
El resultado no es menor: hablamos de una empresa que ha convertido su posición dominante en el suministro de semiconductores avanzados en una máquina de generar caja a escala histórica. Nvidia se ha beneficiado del apetito de gigantes tecnológicos, centros de datos y proveedores de servicios en la nube que siguen comprando hardware especializado para entrenar y operar modelos de inteligencia artificial. En un trimestre en el que la Bolsa ha mostrado señales de fatiga frente al entusiasmo desbordado por la IA, la firma de Jensen Huang responde con números que siguen rompiendo récords y sosteniendo la narrativa de que esta revolución tecnológica todavía tiene recorrido comercial.
Pero el dato también obliga a poner el fenómeno en perspectiva. El mercado lleva meses discutiendo si las valuaciones de las empresas ligadas a la inteligencia artificial ya incorporaron expectativas demasiado optimistas, y si el ritmo de inversión de las grandes tecnológicas podrá sostenerse sin una rentabilidad clara a mediano plazo. Nvidia, por ahora, funciona como el termómetro más fiable del sector: si vende más, si gana más y si sigue creciendo a este ritmo, es porque la demanda real aún no se ha agotado. Al mismo tiempo, esa concentración de poder en una sola empresa revela cuán dependiente se ha vuelto la economía digital de un puñado de proveedores capaces de fabricar los chips más sofisticados del mundo.
Para los inversionistas, el mensaje es doble. Por un lado, la compañía sigue justificando su lugar como una de las piezas más valiosas del mercado estadounidense y como el gran símbolo del ciclo de expansión de la IA. Por otro, sus resultados elevan la presión sobre el resto del ecosistema tecnológico: ya no basta con prometer innovación, ahora hay que demostrar que esa promesa se traduce en ingresos a gran escala. En la práctica, Nvidia no solo vende procesadores; vende la infraestructura que hoy sostiene la carrera global por la inteligencia artificial, y eso la convierte en una empresa estratégica para Wall Street, para Silicon Valley y para los gobiernos que observan cómo se redefine el poder tecnológico mundial.




