Cali: ataques a menores en oriente y ladera apuntan a violencia sicarial, no a robo
Imagen: El Tiempo (Colombia)
Cali enfrenta una nueva ola de violencia que ya no distingue edad ni barrio: un adolescente de 14 años fue atacado en Nueva Floresta y dos hermanos resultaron heridos en la comuna 20. Las primeras hipótesis policiales descartan el robo y apuntan a hechos sicariales.
Cali volvió a estremecerse con dos ataques armados contra menores de edad ocurridos en distintos puntos de la ciudad, ambos con un patrón que enciende alarmas: las autoridades no ven indicios de robo. En uno de los casos, la víctima fue un adolescente de 14 años que se movilizaba en moto por el barrio Nueva Floresta, en el oriente; en el otro, dos hermanos fueron atacados en la comuna 20, en la ladera, en hechos que refuerzan la preocupación por la persistencia de la violencia sicarial en la capital del Valle.
De acuerdo con la información conocida por El Tiempo (Colombia), los investigadores descartaron desde un primer momento que el móvil principal fuera un hurto, una lectura que suele surgir de manera automática cuando hay víctimas jóvenes y ataques en la vía pública. Sin embargo, las circunstancias de ambos episodios, la forma en que se ejecutaron y el perfil de las víctimas llevaron a la Policía a manejar la hipótesis de una agresión dirigida. En el caso del menor de Nueva Floresta, el hecho de que estuviera en moto no bastó para sustentar la teoría de un intento de robo; algo similar ocurre con el ataque contra los hermanos en la comuna 20, donde la selección de las víctimas y la dinámica del ataque apuntan a un patrón distinto al de la delincuencia común.
Esto importa porque Cali arrastra desde hace años una combinación peligrosa: microterritorios disputados, estructuras criminales fragmentadas y una capacidad de fuego que se sigue descargando sobre poblaciones cada vez más vulnerables. Cuando un adolescente de 14 años termina en la línea de tiro y dos hermanos son atacados en una zona tan sensible como la ladera, el problema deja de ser solo policial y se convierte en una radiografía de control territorial, retaliaciones y mensajes entre bandas. En otras palabras, no se trata únicamente de esclarecer dos casos, sino de entender por qué la ciudad sigue permitiendo que menores de edad queden expuestos a una violencia que debería estar lejos de su vida cotidiana.
La señal más inquietante es que estos episodios se suman a una percepción ciudadana cada vez más extendida: en Cali, la edad ya no protege y el barrio tampoco. El oriente y la comuna 20 son territorios donde el Estado suele llegar tarde, o llegar solo con operativos después de la tragedia. Si las pesquisas confirman que no hubo intento de robo, quedará aún más claro que la ciudad enfrenta una disputa criminal que está normalizando ataques selectivos en espacios donde deberían pesar más la escuela, la familia y la vida diaria que las lógicas de ajuste de cuentas.



