Cuidar a los docentes es proteger también la educación de los hijos

Imagen: El País
La salud emocional de los docentes está en el centro de una advertencia que el sistema educativo sigue sin atender. Paola de la Cruz, maestra y asesora, sostiene que proteger a quienes enseñan es también defender el derecho a aprender de los estudiantes.
El desgaste emocional de los docentes se ha convertido en una falla estructural del sistema educativo, y no en un problema individual que cada maestro deba resolver en silencio. Esa es la advertencia que plantea Paola de la Cruz, maestra y asesora educativa, al poner el foco en cómo la sobrecarga, la presión cotidiana y la falta de apoyo institucional terminan afectando tanto a quien enseña como al aula entera.
De acuerdo con el enfoque que desarrolla De la Cruz, el deterioro anímico de los educadores no solo impacta su bienestar personal: también altera la calidad del acompañamiento pedagógico, la convivencia escolar y la capacidad de sostener procesos de aprendizaje sólidos. Cuando un docente trabaja al límite, con escasos recursos emocionales y pocos espacios para pedir ayuda, la escuela empieza a perder una de sus piezas más importantes: la estabilidad de quien contiene, orienta y ordena el día a día de decenas de niños y jóvenes.
El planteamiento es especialmente relevante porque revela una contradicción que atraviesa a muchos sistemas educativos en América Latina y otras regiones: se exige a los maestros resultados, vocación y disponibilidad permanente, pero no se les ofrece el respaldo necesario para soportar la carga. Eso incluye desde acompañamiento psicológico hasta mejores condiciones laborales, redes de apoyo y una cultura institucional que deje de normalizar el agotamiento como si fuera parte natural del oficio. En la práctica, ignorar esa realidad no solo precariza a los docentes; también debilita el derecho de los estudiantes a recibir una educación de calidad en entornos humanos y sostenibles.
El mensaje de fondo es claro: cuidar a quienes educan no es un gesto accesorio ni una consigna emocional, sino una condición para que la escuela funcione. Si el sistema sigue tratando el malestar docente como una anécdota privada, seguirá acumulando ausencias, rotación, desmotivación y aulas cada vez más frágiles. Y en ese costo, el daño no lo pagan solo los maestros: lo pagan también las familias y los hijos de toda una sociedad.




