La infraestructura vital empieza a esconderse bajo tierra por miedo a la guerra

Imagen: BBC Mundo
La guerra en Ucrania reavivó una vieja idea: mover bajo tierra parte de la infraestructura vital para protegerla de ataques y sabotajes. La discusión ya no es teórica y empieza a ganar espacio entre gobiernos, empresas y expertos en seguridad.
La invasión rusa de Ucrania volvió a poner sobre la mesa una pregunta incómoda pero cada vez más urgente: ¿qué tan expuesta está la infraestructura que sostiene la vida moderna? Según informó BBC Mundo, el conflicto ha impulsado a más personas y gobiernos a considerar el soterramiento de redes críticas como una forma de blindarlas frente a bombardeos, sabotajes y apagones. La idea, que durante años sonó costosa o exagerada, hoy gana terreno en un mundo donde las guerras ya no solo destruyen edificios, sino también cables, tuberías, centros de datos y sistemas de energía.
El debate no se limita a Ucrania. De acuerdo con el enfoque planteado por BBC Mundo, la conversación se extiende a infraestructuras esenciales como redes eléctricas, telecomunicaciones, agua potable y transporte, cuyo daño puede paralizar ciudades enteras sin necesidad de un ataque masivo. Enterrar parte de esos sistemas reduce su vulnerabilidad directa, pero también encarece las obras, complica el mantenimiento y obliga a planificar con décadas de anticipación. En términos prácticos, significa que una inversión que antes se veía como puramente técnica ahora se interpreta como una decisión estratégica de seguridad nacional.
Ese giro tiene implicaciones profundas para países como Estados Unidos y Colombia. En ambos casos, la exposición de la infraestructura crítica es un asunto que ya no depende solo de la geografía, sino de la conflictividad interna, la amenaza cibernética y la capacidad de respuesta ante desastres. En Estados Unidos, la discusión sobre resiliencia ha cobrado fuerza tras huracanes, incendios y ataques a redes energéticas; en Colombia, donde buena parte de la infraestructura atraviesa zonas complejas en términos de orden público, la pregunta es si el país está invirtiendo lo suficiente para proteger lo que no se ve, pero sostiene la economía. Soterrar no es una solución mágica, pero sí una señal de que el mundo está aceptando una realidad antes impensable: la infraestructura vital ya no puede diseñarse solo para funcionar, sino para sobrevivir.
Lo que está en juego es más que ingeniería. El soterramiento de infraestructura refleja un cambio de época: la seguridad dejó de ser un asunto militar separado de la vida cotidiana y pasó a integrarse en la forma en que se construyen ciudades, redes y servicios públicos. Y en ese escenario, la pregunta no es si conviene hacerlo en todos los casos, sino quién puede permitírselo antes de que una crisis obligue a pagar el costo de no haberlo hecho.


