Por qué las grandes petroleras de EE.UU. rehúyen el acuerdo de Trump con Venezuela

Imagen: BBC Mundo
La Casa Blanca está apostando por una petrolera poco conocida para mover el acuerdo con Venezuela, mientras grandes firmas como ExxonMobil se mantienen al margen. La decisión revela cuánto pesan aún el riesgo político, las sanciones y el recuerdo de los choques con Caracas.
El gobierno de Estados Unidos está empujando su nueva apuesta petrolera con Venezuela a través de una empresa discreta y poco visible, en lugar de recurrir a gigantes como ExxonMobil o Chevron. La jugada no es menor: muestra que, detrás del anuncio de un posible “gran acuerdo” entre la administración de Donald Trump y el entorno de Delcy Rodríguez, las grandes petroleras siguen viendo a Venezuela como un terreno demasiado inestable, tanto por razones políticas como legales y reputacionales.
Según informó BBC Mundo, la empresa elegida por Washington para avanzar en este esquema es poco conocida en el mercado energético, algo que contrasta con la escala del negocio en discusión. La ausencia de las grandes firmas estadounidenses no responde a falta de capacidad técnica, sino a una combinación de factores que llevan años frenando cualquier retorno masivo al país: sanciones todavía sensibles, dudas sobre la seguridad jurídica, deudas acumuladas, y el costo de quedar atrapadas en una relación que depende más de la política exterior de la Casa Blanca que de una lógica empresarial convencional. En otras palabras: para las petroleras más grandes, el problema no es solo sacar petróleo; es poder operar sin quedar expuestas a un cambio de humor en Washington.
Ese cálculo ayuda a entender por qué las compañías de mayor peso han preferido mantenerse a distancia. Venezuela sigue teniendo una de las mayores reservas probadas del mundo, pero también arrastra un historial de nacionalizaciones, conflictos contractuales y deterioro de su industria petrolera. Para empresas como ExxonMobil, que ya protagonizó un choque de alto voltaje con Caracas hace años, volver implicaría volver a entrar en un tablero donde los márgenes de ganancia pueden ser superados rápidamente por el riesgo político. Y para la administración estadounidense, apoyarse en una empresa pequeña puede ser una forma de probar el terreno sin comprometer de entrada a los grandes actores del sector ni exponerlos a una polémica doméstica en pleno debate sobre energía, sanciones y política hacia América Latina.
Lo que está en juego va más allá de un contrato específico. Si este esquema avanza, podría abrir una vía de acercamiento entre Washington y Caracas en un momento en que ambos gobiernos se necesitan más de lo que admiten públicamente: Estados Unidos busca asegurar suministro y reducir tensiones en el mercado energético, mientras el gobierno venezolano necesita oxígeno financiero y legitimidad internacional. Pero el hecho de que las principales petroleras estadounidenses no quieran participar dice mucho sobre la confianza real que existe en ese acercamiento. En la industria, el entusiasmo político suele durar menos que una cotización del crudo; la prudencia, en cambio, se queda mucho más tiempo.



