En Barranquilla arrancó el nuevo periodo del CNE con la posesión de sus magistrados
Imagen: El Tiempo - Política
Abelardo De La Espriella juramentó en Barranquilla a los nuevos magistrados del Consejo Nacional Electoral, que asumirán por cuatro años. La posesión marca el arranque de una etapa clave para la vigilancia de partidos, campañas y eventuales disputas electorales.
Barranquilla fue el escenario de la posesión de los nuevos magistrados del Consejo Nacional Electoral, un relevo que no es menor si se mira el momento político del país. El acto, presidido por Abelardo De La Espriella, dejó formalmente en funciones a los togados que integrarán el órgano electoral durante los próximos cuatro años, en una institución llamada a arbitrar una de las áreas más sensibles de la democracia: las reglas de juego de la competencia política.
La juramentación se realizó en la capital del Atlántico, un detalle que también tiene lectura política porque saca el evento del centro administrativo tradicional y lo lleva a una ciudad clave del Caribe colombiano. Con esta posesión, el CNE queda renovado para asumir tareas que van desde la vigilancia de campañas y movimientos políticos hasta la revisión de posibles irregularidades en materia de financiación, propaganda y cumplimiento de normas electorales. En un país donde cada elección termina bajo sospecha de uno u otro sector, la composición y el margen de acción de este tribunal adquieren una relevancia que va mucho más allá del protocolo.
Lo que sigue ahora es la prueba de fondo: si estos magistrados logran transmitir independencia en un escenario donde el CNE suele estar bajo presión permanente de partidos, aspirantes y opinión pública. El organismo no solo administra procesos; también define, con sus decisiones, el nivel de confianza que los ciudadanos pueden depositar en el sistema electoral. Y esa confianza, en Colombia, es un capital escaso. Por eso, más que un acto ceremonial, esta posesión abre una etapa en la que cada decisión del consejo será leída como señal de rigor institucional o, por el contrario, de captura política. Para la gente común, el asunto importa porque de la credibilidad del árbitro depende que el voto se respete y que las reglas no cambien según quién tenga más poder.



