El Presidente aprieta a su nueva secretaria de Transparencia y eleva la presión anticorrupción
Imagen: El Tiempo - Política
El presidente les habló directo a sus funcionarios: exigió a Cristina Lombana, recién llegada a la Secretaría de Transparencia, resultados concretos contra la corrupción y vigilancia estricta del dinero público. El mensaje busca mostrar mano dura, pero también eleva la presión sobre una oficina clave del Gobierno.
El presidente volvió a poner la corrupción en el centro de su discurso político y esta vez lo hizo con un mensaje dirigido directamente a Cristina Lombana, su nueva secretaria de Transparencia. En su más reciente pronunciamiento en X, el mandatario fue tajante: pidió perseguir a los corruptos, proteger los recursos públicos y entregar resultados, dejando claro que no espera gestos simbólicos sino acciones verificables. La frase que más resonó fue su advertencia de que “a los corruptos se les acabó la fiesta”, un mensaje que busca marcar distancia frente a las redes clientelistas y a los casos de desvío de dinero estatal que han erosionado la confianza ciudadana por años.
La designación de Lombana llega en un momento en el que el Gobierno necesita demostrar que su discurso anticorrupción no se queda en anuncios. La Secretaría de Transparencia, por definición, no administra grandes presupuestos ni ejecuta obras, pero sí tiene un papel estratégico: coordinar alertas, empujar investigaciones, cruzar información con otras entidades y ayudar a que el Estado no mire para otro lado cuando aparecen señales de saqueo. Por eso el pedido presidencial no es menor. En la práctica, equivale a una orden política para que esa oficina deje de ser decorativa y se convierta en un nodo de vigilancia real sobre contratación, ejecución y control del gasto.
El contexto importa porque en Colombia la corrupción no solo es un problema moral o institucional: es una carga directa sobre los ciudadanos. Cada peso robado se traduce en menos recursos para salud, educación, infraestructura y programas sociales, y en un Estado que llega tarde o mal a donde más se necesita. El anuncio presidencial también tiene una lectura interna: el Gobierno sabe que la promesa de combatir la corrupción es una de las banderas más sensibles ante la opinión pública, pero también una de las más difíciles de sostener cuando se enfrenta la burocracia, los intereses políticos y las viejas prácticas que sobreviven en el aparato estatal. Si Lombana logra mostrar resultados, el Ejecutivo gana credibilidad; si no, el mensaje quedará como una consigna más en la larga historia de anuncios anticorrupción sin consecuencias.
Más allá del tono firme del Presidente, lo que queda sobre la mesa es una prueba de eficacia. La ciudadanía no mide la lucha contra la corrupción por la dureza de un trino, sino por capturas, sanciones, contratos revisados, alertas atendidas y dinero recuperado. En un país donde el desvío de recursos ha golpeado durante décadas la confianza en las instituciones, el verdadero desafío no es repetir que la fiesta terminó, sino demostrar que ahora sí habrá control, seguimiento y castigo. Ese es el estándar al que queda sometida la nueva secretaria de Transparencia y, de paso, el propio Gobierno.


