Centralizar la comunicación le resta influencia al Gobierno de La Espriella
Imagen: El Tiempo - Política
La decisión de concentrar toda la vocería del Gobierno de De La Espriella está costando presencia y capacidad de influencia en el debate público. En la práctica, la administración ha cedido espacio a otros actores justo cuando más necesita fijar agenda.
La apuesta del Gobierno de De La Espriella por centralizar toda la información en unos pocos voceros le está pasando factura en el terreno político: ha perdido presencia como actor relevante en la conversación nacional. Lo que en principio podía parecer una estrategia de orden y control terminó debilitando su capacidad para instalar mensajes, responder con rapidez y sostener una narrativa propia en medio del ruido público.
En la práctica, cuando un gobierno restringe demasiado sus canales de comunicación, reduce también su margen para explicar decisiones, anticipar controversias y corregir versiones erróneas. Según el análisis de Ricardo Ávila publicado por El Tiempo - Política, esa concentración de la vocería ha hecho que el Ejecutivo pierda terreno frente a otros protagonistas del debate, que hoy marcan la agenda con mayor facilidad. El problema no es solo de forma: es de poder político. Quien comunica menos, incide menos.
Este tipo de fallo suele tener consecuencias más profundas de lo que parece. Un gobierno que no logra hablar con varias voces coordinadas, ni sostener una presencia constante en el espacio público, deja vacíos que otros llenan con rapidez: oposición, gremios, medios, líderes regionales y hasta funcionarios de menor rango con más visibilidad que la cúpula. En un país como Colombia, donde la disputa por la interpretación de los hechos es casi tan importante como los hechos mismos, perder la conversación equivale a perder iniciativa. Y cuando eso ocurre, el Ejecutivo no solo administra mal su imagen: también se debilita para gobernar.
La lección es incómoda pero clara. Centralizar la comunicación puede servir para evitar contradicciones momentáneas, pero si se lleva al extremo termina asfixiando la capacidad del Gobierno para explicar, persuadir y corregir el rumbo. En política, el silencio raramente ordena; más bien suele regalarle la iniciativa a los demás.




