Asesinato de Alejandro Leyva reaviva la alerta sobre el peligro de ser periodista en México

Imagen: BBC Mundo
La muerte de Francisco Alejandro Leyva, periodista de 60 años y crítico incómodo del poder local en Oaxaca, vuelve a exhibir el costo de informar en México. Su asesinato reabre el debate sobre una violencia que sigue golpeando a quienes investigan y cuestionan.
La muerte de Francisco Alejandro Leyva, un periodista de 60 años conocido en Oaxaca por su tono frontal contra gobiernos y políticos locales, vuelve a poner sobre la mesa una realidad que México no ha conseguido desmontar: ejercer el periodismo sigue siendo una actividad de alto riesgo. En un país donde la violencia contra comunicadores se ha normalizado peligrosamente, su asesinato no es solo una tragedia individual, sino un golpe más a la libertad de prensa.
Leyva se había ganado la reputación de ser una voz incómoda para el poder regional. De acuerdo con la información divulgada por BBC Mundo, era especialmente crítico con autoridades y figuras políticas del estado sureño de Oaxaca, una plaza donde los conflictos de poder, la presión política y la impunidad suelen entrelazarse con la labor periodística. Su caso se suma a una lista demasiado larga de agresiones, amenazas y asesinatos que han convertido a México en uno de los países más peligrosos del continente para informar.
Lo que hace particularmente grave este episodio es que no se trata de un hecho aislado, sino de una señal más de la vulnerabilidad estructural en la que trabajan decenas de reporteros locales, muchas veces sin protección efectiva del Estado y con escasos recursos para blindarse frente a represalias. En regiones como Oaxaca, donde el periodismo de proximidad suele destapar abusos de poder, corrupción o vínculos oscuros entre actores locales, la exposición es aún mayor. Cuando un periodista es atacado, el mensaje va más allá de la persona: se intenta disciplinar a toda una red informativa y sembrar miedo entre quienes siguen investigando.
Por eso, cada asesinato de un comunicador en México tiene una dimensión que trasciende la nota roja. Habla de instituciones que no logran prevenir, investigar ni castigar con eficacia; de un entorno en el que denunciar puede costar la vida; y de comunidades que se quedan sin testigos críticos de su realidad. La muerte de Leyva no solo obliga a exigir justicia en su caso, sino a mirar de frente una crisis más profunda: sin garantías para la prensa, la democracia local se vuelve más frágil y la ciudadanía pierde una de sus principales herramientas para saber qué ocurre con el poder que la gobierna.



