Abelardo De la Espriella llega al poder con un giro a la derecha en Colombia

Imagen: clarin colombia
Abelardo De la Espriella, un abogado y empresario que se vendió como outsider, ganó la presidencia de Colombia por un margen ajustado sobre Iván Cepeda. Su llegada marca un giro a la derecha con promesa de orden, mano dura y ruptura con la política tradicional.
Abelardo De la Espriella ganó la presidencia de Colombia por un margen estrecho sobre el oficialista Iván Cepeda y capitalizó, sobre todo, una idea poderosa en tiempos de desgaste institucional: la de un dirigente que dice venir de fuera del sistema para “poner orden” donde, según su relato, la política tradicional fracasó. Su triunfo no solo confirma el avance del populismo de derecha en la región, sino que abre una etapa de alta tensión en un país atravesado por la inseguridad, la polarización y la desconfianza hacia las élites gobernantes. En esa campaña, la figura del abogado y empresario exitoso pesó tanto como su discurso de autoridad: se presentó como un salvador capaz de restaurar el control del Estado y reencauzar a Colombia después de años de promesas incumplidas.
De la Espriella construyó su perfil público como el de un recién llegado a la política, aunque con amplio dominio de los resortes del poder simbólico: presencia mediática, lenguaje directo y una narrativa de eficacia personal asociada al mundo empresarial y jurídico. Su cercanía ideológica con Javier Milei fue uno de los sellos más visibles de su campaña, no solo por el tono libertario y antistatista, sino por la manera en que trasladó a Colombia una fórmula que en otras partes de América Latina ha encontrado eco entre votantes cansados del deterioro económico y la sensación de abandono. Frente a Cepeda, identificado con el oficialismo, De la Espriella ofreció una ruptura: menos negociación, más autoridad; menos política tradicional, más decisiones drásticas. En una elección cerrada, ese mensaje encontró audiencia entre sectores que interpretan el desorden cotidiano como el principal problema del país.
Pero el resultado también deja preguntas de fondo. Colombia no votó únicamente por un candidato; votó contra una acumulación de frustraciones. La victoria de un outsider de derecha en un país históricamente golpeado por la violencia, la desigualdad y la desconfianza en las instituciones sugiere que una parte importante del electorado está dispuesta a probar recetas más duras si percibe que el Estado no responde. Eso no garantiza gobernabilidad. Al contrario: cuando un liderazgo nace de la promesa de salvar al país, la expectativa pública crece más rápido que la capacidad real de cumplir. Y en un escenario de margen estrecho, cualquier error inicial puede convertirse en costo político inmediato, sobre todo si las medidas de orden chocan con resistencias sociales, judiciales o legislativas.
Para la gente de a pie, lo que viene no es menor. Si De la Espriella logra traducir su discurso en resultados concretos —seguridad, empleo, estabilidad y control del gasto—, podría consolidar un nuevo ciclo político en Colombia y reforzar la ola de liderazgos de derecha en la región. Si falla, su presidencia puede terminar alimentando todavía más el desencanto que prometió curar. En cualquiera de los dos escenarios, su victoria confirma que el electorado colombiano ya no está premiando solo trayectorias partidarias, sino relatos de fuerza, orden y eficacia en medio de una crisis de confianza que sigue redefiniendo la política latinoamericana.


