Política

Las encuestas acertaron al ganador, pero fallaron en medir la estrechez del balotaje

Hace 1 hora

Las encuestas no fallaron en lo esencial: Abelardo de la Espriella terminó imponiéndose a Iván Cepeda en la segunda vuelta presidencial. Pero sí subestimaron un dato clave: la distancia fue mucho más estrecha de lo que anticipaban las últimas mediciones.

Las últimas mediciones sí lograron anticipar el desenlace de la segunda vuelta presidencial: Abelardo de la Espriella, candidato de derecha, terminó por imponerse sobre Iván Cepeda, del Pacto Histórico. Pero la foto final dejó una lección incómoda para las firmas encuestadoras y para la política colombiana: la diferencia entre ambos fue mucho más ajustada de lo que sugerían los sondeos, que en la recta final mostraban un repunte del aspirante de derecha, sin dimensionar con precisión el tamaño real de esa ventaja.

Ese cierre ajustado confirma que la campaña se definió en un tramo de alta volatilidad, en el que la intención de voto se movió al calor de la polarización, el voto útil y la lectura que cada bloque hizo del miedo a perder. De acuerdo con la información disponible, las últimas mediciones registraron un aumento en el apoyo a De la Espriella, lo que terminó reflejándose en las urnas. Sin embargo, el margen estrecho frente a Cepeda sugiere que una parte importante del electorado se mantuvo indecisa hasta el final, o votó por fuera de los patrones que las encuestas alcanzaron a capturar. En términos políticos, eso habla de un país partido en dos bloques que siguen teniendo una capacidad de movilización muy similar.

Esto importa por una razón de fondo: las encuestas no solo sirven para medir preferencias, también moldean percepciones y estrategias. Cuando un candidato aparece con impulso, arrastra narrativa, recursos y expectativas; cuando otro parece rezagado, su campaña se ve obligada a apelar a la emoción, la movilización territorial y el rechazo al adversario. En este caso, las mediciones acertaron en la dirección del resultado, pero fallaron en el tamaño del fenómeno. Y ese error no es menor. En una elección cerrada, un par de puntos pueden cambiar el diseño del futuro gabinete, el tono de la gobernabilidad y la capacidad del nuevo presidente para construir mayorías en el Congreso y en la calle.

Para la opinión pública, la lectura de fondo es clara: el país ya no se mueve por grandes oleadas, sino por pulsos cortos y muy competitivos. Eso obliga a los partidos a abandonar la confianza ciega en las encuestas y a mirar con más seriedad a los votantes que aparecen tarde, los que responden mal en los estudios o los que deciden en la última semana. En una democracia tan polarizada, el dato no es solo quién ganó, sino cuán frágil fue esa victoria. Y esa fragilidad suele ser el verdadero punto de partida del siguiente conflicto político.

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