Utøya, 15 años después: la masacre que anunció el auge del odio en Europa

Imagen: El País
Quince años después de la masacre de Utøya, Noruega sigue midiendo el daño de una violencia que ya no se ve como una anomalía, sino como una señal de época. Sobrevivientes como Astrid Hoem recuerdan que la lucha contra el extremismo dejó de ser teoría: pasó a ser una cuestión de vida o muerte.
Quince años después de la masacre de Utøya, Noruega sigue enfrentando una herida que no cerró del todo y que, más allá de su dolor local, anticipó una mutación política más amplia en Europa: el paso del odio racista y ultranacionalista de los márgenes a una amenaza capaz de golpear en el centro mismo de una democracia sólida. La voz de Astrid Hoem, una de las sobrevivientes que se escondió en una cueva para salvar la vida durante aquella jornada, resume bien esa transformación: para toda una generación, combatir el extremismo dejó de ser una causa abstracta y se convirtió en una cuestión de supervivencia.
La masacre del 22 de julio de 2011 dejó una marca imborrable en Noruega y en la conversación europea sobre seguridad, convivencia y radicalización. La isla de Utøya, que era símbolo de formación política juvenil y debate democrático, se convirtió en escenario de una cacería humana que expuso la capacidad destructiva de un extremismo alimentado por teorías de reemplazo, xenofobia y desprecio por la diversidad. Lo más inquietante, visto en perspectiva, es que aquel ataque no apareció de la nada: fue el resultado extremo de un clima ideológico que ya venía creciendo en redes, foros y discursos políticos cada vez menos dispuestos a contener el lenguaje de la exclusión.
Por eso Utøya no solo pertenece a la historia de Noruega; también ayuda a entender la normalización del odio en Europa en la última década y media. Desde entonces, el continente ha visto cómo grupos ultraderechistas, campañas antiinmigración y narrativas conspirativas encontraron nuevas plataformas para expandirse, muchas veces disfrazadas de patriotismo o defensa cultural. El caso noruego mostró con brutal claridad que el extremismo no siempre se presenta como una organización clandestina: a veces se alimenta de ideas que circulan a plena luz, se vuelven aceptables y terminan por legitimar la violencia. Esa lección sigue vigente en un momento en que la polarización política y el miedo al otro vuelven a estar en el centro del debate público.
La memoria de Utøya importa también por algo menos visible pero igual de decisivo: el efecto que estos ataques dejan sobre la vida civil. No solo destruyen cuerpos y comunidades; alteran la manera en que los jóvenes participan en política, cómo los Estados diseñan sus políticas de prevención y cómo las sociedades se piensan a sí mismas cuando el enemigo ya no viene de afuera sino desde dentro. La experiencia de sobrevivientes como Hoem recuerda que la respuesta al extremismo no puede limitarse a la condena moral después de la tragedia. Si Europa quiere evitar que estas violencias sigan repitiéndose con distintos rostros y discursos, tendrá que mirar de frente el ecosistema que las alimenta: la desinformación, la impunidad simbólica y la creciente tolerancia institucional hacia el odio.



