Roberto Sánchez avala protestas y aviva el debate sobre la legitimidad electoral
Imagen: depor
Roberto Sánchez respaldó las movilizaciones en torno a los resultados electorales y defendió que protestar es un derecho en democracia. El aspirante de Juntos por el Perú también comparó el giro de Alfredo Torres con el turbulento proceso del año 2000 que terminó con el triunfo de Alberto Fujimori.
Roberto Sánchez salió a respaldar las movilizaciones vinculadas a los resultados de las elecciones y convirtió el debate en una defensa frontal del derecho a la protesta. Según informó depor, el candidato de Juntos por el Perú sostuvo que en democracia la ciudadanía puede expresarse en las calles cuando siente que algo no encaja con la voluntad popular, y remarcó que esa reacción es legítima y hasta necesaria en contextos de alta tensión política.
El postulante también elevó el tono al comparar el cambio de posición del gerente de Ipsos, Alfredo Torres, con uno de los episodios más sensibles de la política peruana reciente: el proceso electoral del año 2000, cuando Alberto Fujimori terminó imponiéndose en medio de fuertes cuestionamientos sobre la limpieza del sistema. Esa referencia no es menor. En el Perú, las encuestas y las voces de los analistas suelen influir en la percepción pública sobre la competencia electoral, por lo que cualquier giro en sus lecturas termina siendo interpretado como una señal de alarma o, al menos, como un síntoma de desconfianza en las reglas del juego.
Lo que está en juego no es solo una disputa entre un candidato y un consultor, sino la fragilidad de la confianza en las instituciones que administran y narran las elecciones. Cuando un sector importante del electorado cree que los resultados no reflejan con claridad su decisión, la calle aparece como un espacio de presión política. Pero esa misma calle también puede convertirse en un factor de polarización si la dirigencia usa el malestar para consolidar relato antes que para buscar salidas institucionales. Por eso el caso recuerda al 2000: no solo por la sombra del fujimorismo y las denuncias de entonces, sino porque cada crisis electoral deja al descubierto cuánto cuesta convencer a la ciudadanía de que el sistema funciona con reglas claras y aceptadas por todos.
En ese escenario, el mensaje de Sánchez busca conectar con un sentimiento extendido en sectores que desconfían de las élites políticas y de los grandes operadores de opinión. Pero también abre otra pregunta de fondo: hasta dónde las movilizaciones sirven para defender la democracia y desde qué punto empiezan a erosionar la misma legitimidad que dicen proteger. Para la gente común, el desenlace de esa tensión importa más de lo que parece, porque cuando la política se rompe entre sospechas y protestas, lo que se debilita no es solo un resultado electoral, sino la capacidad del país para reconocer una autoridad compartida y gobernar sin quedar atrapado en la confrontación permanente.


