Illa reivindica el legado de Pujol y reabre el debate sobre el pujolismo en Cataluña

Imagen: El País
Salvador Illa reivindicó este martes el peso histórico de Jordi Pujol y de Convergència en la construcción de la Cataluña contemporánea. El gesto, en la entrega del archivo del extinto partido al Arxiu Nacional, reabre el debate sobre cómo se administra un legado político marcado por logros de gobierno y sombras judiciales.
Salvador Illa ha decidido moverse en un terreno político delicado: el de reconocer públicamente la huella de Jordi Pujol y de Convergència en la Cataluña actual. Durante el acto de entrega de los archivos del extinto partido al Arxiu Nacional, el president sostuvo que el país no sería el mismo sin la contribución de esa formación, un mensaje que va más allá del protocolo institucional y que toca una fibra sensible en la política catalana, todavía atravesada por la memoria del pujolismo y sus contradicciones. En un momento en que el independentismo ya no monopoliza el debate y el PSC intenta consolidar una etapa de descompresión institucional, el gesto de Illa funciona también como una declaración de método: reconocer el peso de la historia sin quedar atrapado en la guerra de trincheras del presente.
La entrega del fondo documental al archivo público tiene un valor simbólico y práctico. Por un lado, preserva una parte central de la memoria política de Cataluña; por otro, coloca bajo custodia institucional documentos de una fuerza que marcó durante décadas la vida pública del territorio. Convergència fue mucho más que un partido: fue una maquinaria de poder, una escuela de cuadros y una referencia obligada en la relación entre Cataluña y el Estado. Illa aprovechó ese marco para subrayar que la comunidad autónoma actual se explica, en buena medida, por la acción de gobiernos convergentes, por su capacidad de construir administraciones, por su influencia en el autogobierno y por su papel en la consolidación de una identidad política propia. El matiz importa: el reconocimiento no equivale a una absolución, pero sí a una lectura histórica que intenta separar la aportación institucional de las responsabilidades que erosionaron el legado de Pujol.
Y ahí está la clave política del episodio. Hablar de Pujol en Cataluña nunca es neutro. Su figura sigue siendo, al mismo tiempo, la de un presidente que dominó una era y la de un referente golpeado por la corrupción y por el derrumbe moral de una parte del antiguo ecosistema convergente. Precisamente por eso, que un president socialista reconozca la influencia de Convergència puede interpretarse como un intento de normalización institucional, pero también como una forma de disputar el relato a los extremos: ni la demonización total de una etapa, ni la idealización nostálgica de un proyecto que terminó gravemente dañado. Para el Govern de Illa, el mensaje es claro: la Cataluña del presente necesita menos ajuste de cuentas y más administración del legado, aunque ese legado llegue cargado de zonas oscuras.
El efecto de este tipo de gestos va más allá del debate entre partidos. En una sociedad catalana aún muy polarizada por la cuestión nacional, la manera en que se narra el pasado condiciona las posibilidades de futuro. Reconocer que Convergència contribuyó a construir país no borra el desgaste de Pujol ni sus casos judiciales, pero sí obliga a mirar la historia con más complejidad. Y en política, esa complejidad no es un lujo académico: es una herramienta de gobernabilidad. Illa parece haber entendido que, para dirigir Cataluña en esta etapa, también hace falta dialogar con sus viejas arquitecturas de poder, incluso con aquellas que hoy despiertan incomodidad. La pregunta es si ese reconocimiento servirá para cerrar heridas o, por el contrario, para reabrir el debate sobre cuánto pesa todavía el pujolismo en la Cataluña del siglo XXI.


