Serbia desafía a Bruselas con un homenaje multitudinario a Ratko Mladic

Imagen: infobae mundo
Belgrado convirtió en homenaje público el funeral de Ratko Mladic, el ex comandante serbobosnio condenado por genocidio, desatando una nueva tormenta política con la Unión Europea. La escena reabre heridas de guerra y vuelve a medir el costo internacional del revisionismo serbio.
Serbia volvió a enviar una señal incómoda a Bruselas: miles de personas participaron en Belgrado del velatorio de Ratko Mladic, el ex comandante serbobosnio condenado por el genocidio de Srebrenica, en una ceremonia con honores militares que desató fuertes críticas dentro y fuera de los Balcanes. El acto no fue solo un funeral, sino una demostración política que desafía de frente el relato europeo sobre los crímenes de guerra en la ex Yugoslavia y confirma que la herida de Srebrenica sigue abierta casi tres décadas después.
De acuerdo con la información difundida por infobae mundo, la despedida de Mladic reunió a una multitud y se desarrolló en Belgrado bajo una puesta en escena que incomodó especialmente a las instituciones europeas. Para la Unión Europea, que ha reclamado en repetidas ocasiones a Serbia una postura más clara frente a los crímenes cometidos durante las guerras balcánicas, el homenaje público al ex militar representa un retroceso político y moral. Las Madres de Srebrenica, símbolo de la memoria de las víctimas, también elevaron su voz contra un acto que consideran una humillación para quienes enterraron a sus familiares asesinados en uno de los episodios más brutales de la posguerra europea.
La controversia no es menor. Mladic fue condenado por su papel en el genocidio de Srebrenica, donde más de 8.000 hombres y niños bosnios musulmanes fueron asesinados en 1995, un crimen reconocido por tribunales internacionales como genocidio. En ese contexto, cualquier intento de rehabilitar su figura no solo tensiona la relación de Serbia con la UE, sino que alimenta un clima de nacionalismo revisionista que sigue teniendo peso en la política regional. Para Bruselas, el problema va más allá de un funeral: se trata de la señal que un gobierno y una sociedad envían sobre su compromiso con la verdad histórica, la justicia transicional y los valores democráticos que exige el bloque para avanzar en su proceso de adhesión.
Lo que ocurrió en Belgrado importa porque muestra que los ecos de las guerras balcánicas siguen condicionando la política actual, la memoria colectiva y la relación de Serbia con Europa. Mientras la UE insiste en la necesidad de reconciliación y rendición de cuentas, actos como este revelan que una parte de la sociedad serbia todavía se resiste a asumir plenamente la gravedad de los crímenes cometidos en su nombre. Para la región, el mensaje es preocupante: cuando el homenaje a un condenado por genocidio se convierte en acto público y multitudinario, la distancia entre memoria, justicia y política vuelve a ensancharse.




