Escándalos y exabruptos hunden la batalla por el Senado en Maine

Imagen: El País
La carrera por el Senado en Maine se ha degradado en una pelea marcada por denuncias de abuso, insultos y un candidato sin brillo que emergió tras la caída del favorito demócrata. El resultado puede favorecer a Susan Collins y reordenar una contienda clave para el control de Washington.
La disputa por uno de los escaños más observados de Maine entró en su tramo más áspero y terminó convertida en una prueba de resistencia política para los demócratas. Troy Jackson, un veterano legislador de perfil mucho menos seductor que la figura emergente a la que reemplaza, quedó al frente de una contienda que se ha hundido entre acusaciones graves contra el aspirante original, una campaña cargada de exabruptos y el riesgo de que la beneficiada final sea la republicana Susan Collins, con Donald Trump mirando de fondo la pelea por un estado decisivo.
Según informó El País, la candidatura demócrata quedó trastocada después de que el dirigente más visible de la izquierda en la carrera fuera denunciado por varias mujeres, lo que obligó a mover fichas con rapidez y dejó a Jackson como solución de emergencia. El problema para el partido no es solo reputacional: también es electoral. Jackson no entusiasma a la base como lo hacía su antecesor, pero llegó para impedir un colapso mayor en un estado donde cada voto puede definir el equilibrio del Senado. En paralelo, la campaña se enrareció con episodios de lenguaje soez, acusaciones cruzadas y un ambiente político cada vez más tóxico, una postal que refleja cómo la polarización ya no se limita a Washington, sino que desciende con fuerza a las contiendas estatales.
Maine importa más allá de sus fronteras porque suele comportarse como una pieza delicada en el tablero nacional. Allí, Susan Collins ha construido durante años una reputación de republicana moderada capaz de sobrevivir a oleadas partidistas, y esa ventaja puede ampliarse cuando el adversario llega debilitado por escándalos y desorden interno. Si los demócratas pierden la oportunidad de convertir esta carrera en una victoria cómoda, el impacto puede sentirse en todo el país: menos margen para controlar el Senado, más poder de negociación para Trump y sus aliados, y una nueva señal de que la indignación moral no siempre se traduce en fuerza electoral. En otras palabras, lo que ocurre en Maine no es solo una pelea local; es un recordatorio de que, en la política estadounidense actual, las campañas ya no solo se ganan por ideas, sino también por quién sobrevive al derrumbe del rival.



