COP17 cierra sin acuerdo: EE. UU. frena la respuesta global contra la sequía

Imagen: El País
La COP17 cerró sin acuerdo global contra la sequía y dejó en evidencia el peso del bloqueo de Estados Unidos en las negociaciones. La decisión más importante quedó aplazada hasta la COP18 de 2028, en Egipto.
La COP17 terminó con un mensaje incómodo para la diplomacia ambiental: el mundo sigue sin una hoja de ruta global y vinculante para enfrentar la sequía, y la decisión volvió a quedar en el congelador hasta 2028. Estados Unidos emergió como el principal freno de una cumbre que, lejos de acelerar respuestas frente a una crisis cada vez más severa, volvió a exhibir la distancia entre la urgencia climática y la voluntad política de las grandes potencias.
Según informó El País, los países participantes optaron por aplazar hasta la COP18, que se celebrará en Egipto en 2028, la aprobación de un acuerdo internacional contra la sequía. Ese retraso no es un simple tecnicismo: implica que durante tres años más no habrá un marco global robusto para coordinar acciones, financiamiento y compromisos concretos frente a un fenómeno que ya golpea con fuerza a comunidades rurales, encarece alimentos y agrava tensiones por el agua en regiones vulnerables de América, África y Asia. En la práctica, la cumbre cerró con más tiempo ganado por la diplomacia que por quienes viven las consecuencias de la crisis.
El papel de Estados Unidos en este desenlace resulta especialmente relevante porque confirma una tendencia que se repite en foros multilaterales: Washington suele exigir flexibilidad para sus propios intereses internos mientras empuja hacia adelante compromisos menos exigentes para los demás. En una negociación sobre sequía, ese bloqueo tiene efectos que van mucho más allá de la mesa técnica. Sin reglas compartidas, los países más afectados quedan dependiendo de respuestas fragmentadas, de presupuestos nacionales insuficientes y de la cooperación voluntaria, que suele llegar tarde y casi siempre mal financiada. Para agricultores, comunidades indígenas y poblaciones que ya enfrentan estrés hídrico, cada aplazamiento se traduce en pérdidas más profundas y en mayor inseguridad alimentaria.
Lo ocurrido en la COP17 deja ver, además, un problema de fondo en la gobernanza climática internacional: el sistema avanza al ritmo de los consensos mínimos, no de la emergencia real. Y cuando una potencia como Estados Unidos decide bloquear o ralentizar un acuerdo, el costo no se mide solo en diplomacia estancada, sino en cosechas perdidas, migración forzada y mayor presión social en países que no tienen margen para esperar hasta 2028. La próxima cita en Egipto llega, entonces, con una deuda acumulada: demostrar que la lucha contra la sequía puede pasar por fin de las declaraciones a las obligaciones verificables.




