Mundial 2026: 48 selecciones y una Copa del Mundo que cambiará de escala

Imagen: El País
El Mundial de 2026 será el más grande de la historia: 48 selecciones competirán durante cinco semanas en Estados Unidos, Canadá y México. La ampliación cambia el mapa del torneo y abre más oportunidades, pero también más presión logística y económica.
El Mundial de 2026 marcará un antes y un después en la historia del fútbol: por primera vez, 48 selecciones nacionales disputarán el torneo a lo largo de cinco semanas en Estados Unidos, Canadá y México. No se trata solo de una edición más grande, sino de un evento que cambia la escala del campeonato y convierte a Norteamérica en el centro del deporte global durante más de un mes. La ampliación multiplica la cantidad de partidos, ensancha el mapa de sedes y promete una audiencia gigantesca, pero también eleva el desafío organizativo a niveles que no ha enfrentado ninguna Copa del Mundo anterior.
La expansión de 32 a 48 equipos reconfigura el torneo desde la base. Habrá más selecciones con posibilidad de clasificar, más oportunidades para países que históricamente quedaban fuera y una fase de grupos más extensa que obligará a ajustar calendarios, desplazamientos y logística entre tres países anfitriones. Para los aficionados, eso significa más fútbol, más diversidad de estilos y más historias inesperadas; para las federaciones, representa una apertura concreta del acceso al evento más importante del calendario internacional. Para los organizadores, en cambio, el reto es enorme: mover equipos, cuerpos arbitrales, prensa y decenas de miles de hinchas entre ciudades separadas por fronteras, husos horarios y sistemas de transporte distintos exige una coordinación milimétrica.
Ese cambio importa especialmente para Estados Unidos, Canadá y México, que no solo recibirán partidos, sino también millones de dólares en turismo, hotelería, transporte y consumo local. Las ciudades sede ganarán visibilidad global y una vitrina comercial difícil de igualar, aunque también cargarán con costos urbanos, presión sobre infraestructura y un debate inevitable sobre quién se beneficia realmente de este tipo de megaeventos. Para los aficionados de América Latina, incluido un país como Colombia, el nuevo formato abre una expectativa distinta: más cupos pueden traducirse en mayores probabilidades de ver a sus selecciones en la cita mundialista, pero también en un torneo más largo, más caro de seguir y más exigente para quienes viajen a acompañar a su equipo.
En el fondo, el Mundial de 2026 no solo ensancha el número de participantes: redefine la forma en que el fútbol de selecciones se consume, se financia y se organiza. El torneo deja de ser una competencia concentrada para convertirse en una operación continental que puede cambiar la relación entre hinchas, federaciones y mercado deportivo. Lo que está en juego no es únicamente levantar una copa, sino demostrar si un Mundial más grande realmente significa un fútbol más abierto y representativo, o si, por el contrario, termina convirtiéndose en un espectáculo todavía más dependiente de la logística, el negocio y la capacidad de absorción de tres países anfitriones.




