Odesa, la ciudad donde turistas y misiles comparten el mismo horizonte

Imagen: BBC Mundo
Odesa vive una contradicción brutal: mientras las playas y restaurantes se llenan de turistas, la ciudad sigue bajo bombardeos diarios rusos. La “perla del mar Negro” intenta sostener el turismo en medio de una guerra que no da tregua.
Odesa, la ciudad portuaria ucraniana conocida como la “perla del mar Negro”, está viviendo una escena tan insólita como dura: sus playas y restaurantes vuelven a llenarse de turistas mientras, a pocos kilómetros, los bombardeos rusos siguen dejando muertos casi todos los días. Esa convivencia entre ocio y destrucción se ha convertido en la imagen más cruda de una guerra que no solo se libra en el frente, sino también en la rutina de una ciudad que intenta no rendirse.
Según informó BBC Mundo, el contraste se ve con especial fuerza en los días de verano. Por un lado, hay visitantes que llegan buscando mar, sol y una oferta de turismo de lujo que Odesa ha cultivado durante años. Por el otro, la población local vive con el ruido permanente de las alarmas, la amenaza de los misiles y la certeza de que la costa, pese a su apariencia de normalidad, sigue siendo un lugar vulnerable. La ciudad, que antes de la guerra era un símbolo de vida cultural y comercio en el sur de Ucrania, se ha convertido en una postal partida en dos.
Ese contraste importa porque Odesa no es solo un destino turístico: es un punto estratégico para Ucrania en el mar Negro y una ciudad clave para su economía, su identidad y su conexión con el exterior. Que la actividad turística siga, incluso de forma parcial, dice mucho sobre la resistencia de los ucranianos y sobre la capacidad de la vida civil para abrirse paso en medio del conflicto. Pero también revela una normalización inquietante: cuando una guerra se prolonga, la convivencia con el peligro deja de ser una excepción y empieza a parecer rutina. Y eso tiene un costo humano profundo, aunque desde una terraza frente al mar no siempre se vea.
La escena de Odesa también plantea una pregunta incómoda para el resto del mundo: ¿hasta qué punto se puede hablar de “normalidad” en una ciudad donde los negocios siguen abiertos mientras las sirenas pueden sonar en cualquier momento? Para los habitantes, la respuesta no es teórica. Significa aprender a trabajar, descansar o salir a comer bajo una amenaza constante. Significa seguir adelante, sí, pero sin olvidar que, detrás de la postal turística, la guerra sigue cobrando vidas. Y ese es precisamente el drama de Odesa: una ciudad que intenta parecer viva mientras el conflicto insiste en recordarle que nunca dejó de estar en peligro.



