Trump reabre canales con Líbano y deja abierta una conversación con Hezbolá

Imagen: El País
Donald Trump reabrió este viernes una vía diplomática con Líbano al recibir en la Casa Blanca a su presidente y prometer la vuelta de los vuelos directos, mientras dejó abierta la posibilidad de hablar con Hezbolá. El movimiento coincide con la discusión sobre cómo hacer cumplir el acuerdo de paz con Israel, negociado sin la milicia proiraní.
Donald Trump volvió a mover las fichas en Medio Oriente con una decisión que mezcla pragmatismo económico y cálculo político: tras reunirse en la Casa Blanca con el presidente de Líbano, ordenó reactivar los vuelos directos entre ambos países y dejó la puerta abierta a un eventual diálogo con Hezbolá. La señal no es menor. En un escenario donde la guerra, la diplomacia y la presión regional se cruzan a diario, Washington intenta mostrar que todavía puede influir en uno de los tableros más volátiles del planeta, incluso si eso implica hablar con actores que durante años han sido tratados como parte del problema y no de la solución.
Según informó El País, la reunión giró en torno a la aplicación del acuerdo de paz con Israel, un entendimiento que fue negociado al margen de la milicia chií respaldada por Irán. Ese detalle es clave porque revela el límite de cualquier pacto sellado solo entre gobiernos: en Líbano, Hezbolá no es un actor periférico, sino una fuerza política y armada con capacidad real para condicionar la estabilidad del país y de su frontera sur. La decisión de restaurar los vuelos directos, además, tiene una dimensión práctica inmediata: facilita comercio, movilidad y contacto entre comunidades libanesas y estadounidenses, pero también envía una señal de normalización en medio de una región donde cada gesto diplomático se interpreta como una toma de posición.
El movimiento de Trump debe leerse en un contexto más amplio. Líbano arrastra desde hace años una crisis económica devastadora, con instituciones debilitadas, moneda desplomada y una población exhausta por la inflación y la precariedad. En ese terreno, cualquier apertura con Washington puede traducirse en alivio financiero, más intercambio y una ventana para negociar asistencia internacional. Pero la otra cara es más compleja: hablar con Hezbolá significaría reconocer que la ecuación libanesa no se resuelve ignorando a quien controla parte decisiva del poder interno y del pulso militar en la frontera con Israel. Para Estados Unidos, eso implica un dilema clásico: contener la influencia iraní sin romper del todo los canales que podrían evitar una escalada mayor.
La señal que deja esta jugada es que la Casa Blanca está dispuesta a combinar presión y pragmatismo para sostener un frágil equilibrio en el Levante. Si esa apuesta deriva en una desescalada real o en una nueva ronda de tensiones dependerá de si los compromisos anunciados se traducen en hechos y de cuánto margen tenga Líbano para moverse entre Washington, Tel Aviv y Teherán. Para la gente común, dentro y fuera de la región, lo que está en juego no es una abstracción geopolítica: son rutas aéreas, comercio, ayuda internacional y, sobre todo, la posibilidad de que la violencia no vuelva a imponerse sobre la política.



