Tregua precaria entre EE. UU. e Irán: Ormuz respira, pero el riesgo sigue vivo

Imagen: El País
Irán pidió a Israel frenar los ataques mientras el pacto con Estados Unidos recibe respaldo internacional y presión para reabrir sin trabas el estrecho de Ormuz. La tregua baja la tensión, pero el frente libanés mantiene vivo el riesgo de otra escalada.
El ministro de Exteriores de Irán pidió a Israel que detenga los ataques contra el país vecino, en un intento por capitalizar el pacto alcanzado con Estados Unidos y enfriar una escalada que había empujado a Oriente Medio al borde de un conflicto regional de mayor alcance. La señal más inmediata de alivio llegó en el estrecho de Ormuz, donde la comunidad internacional celebró el entendimiento y exigió su reapertura inmediata y sin cobros adicionales, consciente de que por ese paso marítimo circula una parte decisiva del petróleo y del gas que alimentan la economía mundial.
Según la información divulgada por El País, el acuerdo generó un raro consenso diplomático: gobiernos y organismos internacionales vieron en la desescalada una oportunidad para evitar un golpe directo sobre los mercados energéticos y sobre el comercio marítimo global. En esa misma línea, el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, expresó su esperanza de que el entendimiento cierre un conflicto que calificó de sinsentido, una forma de subrayar que la crisis ya había pasado de las advertencias diplomáticas a una amenaza con costos concretos para consumidores, empresas y rutas de abastecimiento en varias regiones del planeta.
Pero el alivio no equivale a una solución. Israel ha dejado claro que seguirá ocupando y demoliendo casas en el sur de Líbano, incluso con el acuerdo en marcha entre Washington y Teherán, lo que revela que la desescalada con Irán no desactiva por sí sola los otros frentes abiertos. Ese punto es crucial: la guerra no se libra solo en la mesa de negociación, sino también en escenarios donde se mezclan represalias, ocupación, presión militar y cálculo político. Mientras esas piezas sigan activas, cualquier incidente puede reabrir la cadena de confrontación y hacer que el pacto quede reducido a un respiro temporal.
Para Estados Unidos y para economías como la colombiana, la diferencia entre una tregua sostenida y una ruptura es tangible. Si Ormuz permanece abierto y sin obstáculos, baja la presión sobre los precios de combustibles, transporte y alimentos; si el corredor se vuelve a tensionar, la factura se traslada rápidamente a los hogares por la vía de la inflación y de los costos logísticos. Por eso este episodio importa más allá de las cancillerías: no solo define el pulso entre potencias y actores regionales, sino también el costo cotidiano de una guerra que, aunque parezca lejana, termina colándose en la economía de la gente común.




