Colombia

Adolescente muere por mina en el Catatumbo y septiembre ya deja cuatro víctimas

Hace 2 horas

Un adolescente de 17 años murió en el Catatumbo tras activar una mina antipersonal mientras trabajaba una parcela, en una zona marcada por la presencia del ELN. En septiembre ya son cuatro las víctimas de estos artefactos en el área.

La muerte de un adolescente de 17 años en el Catatumbo vuelve a poner en primer plano una tragedia que allí no da tregua: las minas antipersonal siguen cobrando vidas de campesinos que solo intentan trabajar la tierra. El joven, que según informó El Tiempo (Colombia) ayudaba en una parcela cuando pisó uno de estos explosivos, murió en una zona donde la disputa armada y el control territorial han convertido actividades cotidianas como sembrar, cosechar o caminar entre cultivos en una ruleta mortal.

De acuerdo con la información publicada por El Tiempo (Colombia), en lo corrido de septiembre ya se registran cuatro personas afectadas por minas antipersonal en el Catatumbo, un corredor estratégico del nororiente colombiano donde delinque el ELN. No se trata de un hecho aislado, sino de una secuencia que confirma que estos artefactos siguen siendo usados como herramienta de guerra para frenar el paso de civiles, blindar rutas ilegales y marcar territorios en disputa. En la práctica, eso significa que familias completas viven bajo la amenaza de perder a un hijo, un padre o un vecino en cualquier desplazamiento mínimo.

Lo grave es que el Catatumbo lleva años atrapado entre economías ilegales, presencia insurgente, miedo y abandono institucional, una combinación que hace de las minas una amenaza especialmente cruel porque no distinguen entre combatientes y población civil. Cada nuevo caso revela una realidad que Colombia conoce de sobra pero no ha logrado desactivar: cuando el control armado pesa más que el Estado, el campesino termina pagando la cuenta más alta. Y mientras se habla de operativos, alertas y mesas de seguridad, en el terreno la gente sigue trabajando con la sospecha de que cada paso puede ser el último.

Este nuevo hecho también expone una herida social más profunda: la del campo colombiano convertido en espacio de sacrificio. Un muchacho de 17 años, en lugar de estar pensando en estudiar, descansar o proyectar su vida, estaba en una parcela cuando encontró la muerte. Esa imagen resume por qué las minas antipersonal siguen siendo una de las expresiones más brutales del conflicto armado: no solo matan, también expulsan, inmovilizan y condenan a comunidades enteras a vivir encerradas por el miedo. Si septiembre ya deja cuatro víctimas, la pregunta de fondo no es solo quién sembró el explosivo, sino por qué el Estado sigue llegando tarde a un territorio donde la gente lleva años caminando sobre tierra contaminada por la guerra.

Noticias relacionadas