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Militar colombiano de la Legión Extranjera escapó tras cuatro días secuestrado en Nariño

Hace 1 hora

Un cabo del Ejército colombiano que integra la Legión Extranjera francesa logró escapar tras cuatro días de cautiverio en Nariño, luego de ser secuestrado por una disidencia de las FARC cuando viajaba a ver a su familia. El militar quedó hospitalizado y bajo custodia para proteger su integridad.

El cabo José Olger Melo Charry, miembro del Ejército colombiano y actualmente vinculado a la Legión Extranjera francesa, logró escapar después de cuatro días en poder de una guerrilla disidente de las extintas FARC en Nariño. El militar había sido secuestrado en una ruta del departamento cuando se dirigía a visitar a su familia, en un hecho que vuelve a poner sobre la mesa el control territorial de los grupos armados en el suroccidente del país y la vulnerabilidad de quienes transitan por corredores rurales cada vez más disputados.

De acuerdo con la información difundida por Clarin Colombia, Melo Charry consiguió huir de sus captores luego de varios días de encierro y ya fue trasladado a un centro asistencial, donde permanece hospitalizado. Las autoridades dispusieron además custodia permanente para preservar su integridad, una decisión que sugiere que el riesgo no termina con la liberación física del militar. Por ahora no se han detallado públicamente las circunstancias exactas de la fuga ni la identidad específica del grupo disidente responsable del secuestro, aunque el episodio se suma a una larga lista de hechos violentos atribuidos a estructuras armadas ilegales en esa región.

El caso importa por una razón que va más allá del nombre propio: Nariño sigue siendo uno de los departamentos más golpeados por la fragmentación de las antiguas FARC y por la disputa entre organizaciones que buscan controlar rutas de movilidad, economías ilícitas y pasos estratégicos hacia la frontera con Ecuador y el Pacífico. Cuando un militar, incluso uno que presta servicio fuera del país, termina secuestrado en una carretera mientras visita a su familia, el mensaje es claro: el conflicto no ha desaparecido, solo cambió de forma. Para la gente común, eso se traduce en miedo a viajar, aislamiento de comunidades rurales y una normalización peligrosa de la presencia armada en la vida diaria.

La historia de Melo Charry también revela una paradoja incómoda para Colombia: mientras el Estado insiste en avances de seguridad y los grupos armados se reacomodan tras décadas de guerra, los ciudadanos siguen expuestos a secuestros, extorsiones y retenciones en zonas donde la autoridad pública es intermitente. Su escape evita, al menos por ahora, un desenlace peor, pero deja abiertas preguntas sobre cómo operan estas disidencias, por qué pueden retener a una persona durante días y qué tan protegidos están realmente quienes deben desplazarse por regiones donde el control territorial parece seguir en disputa.

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