Víctimas de abusos denuncian que la Iglesia las dejó fuera de la reunión con el Papa

Imagen: El País
Colectivos de víctimas de abusos clericales se concentraron ante la nunciatura para denunciar que fueron apartados de una reunión con el Papa. Acusan a la jerarquía eclesiástica de seguir castigándolos con silencio y de escoger a interlocutores cómodos.
Las víctimas de pederastia en la Iglesia volvieron a plantarse este lunes frente a la nunciatura para denunciar lo que consideran una nueva humillación: haber quedado fuera de la reunión con el Papa por ser, según expresan, demasiado incómodas para la jerarquía eclesiástica. La protesta, convocada por colectivos de supervivientes de abusos sexuales cometidos por clérigos, volvió a poner en primer plano una acusación que se repite desde hace años: la Iglesia escucha más a quienes acepta como interlocutores dóciles que a quienes le exigen verdad, reparación y cambios de fondo.
Los manifestantes se concentraron a las puertas de la sede diplomática del Vaticano para denunciar el “silencio” al que, aseguran, siguen condenadas las personas que sufrieron abusos dentro de estructuras religiosas. Según relataron los colectivos, la exclusión de la reunión no fue un simple problema de agenda, sino una decisión política: apartar a quienes han insistido en señalar responsabilidades, cuestionar la gestión de los casos y pedir que la respuesta institucional no se limite a gestos simbólicos. En su lectura, la Iglesia habría preferido una interlocución controlada, con víctimas seleccionadas por su perfil más conciliador, mientras deja fuera a las voces que incomodan porque insisten en preguntar qué se hizo, quién encubrió y por qué tantas denuncias llegaron tarde o nunca llegaron a escucharse.
El episodio es relevante porque vuelve a exhibir el principal déficit de la Iglesia en esta crisis: su incapacidad para romper con la lógica del control reputacional. Durante años, la institución ha oscilado entre la admisión parcial del daño y la administración prudente de los costes políticos y morales de los abusos. Pero para las víctimas eso no basta. Lo que reclaman no es una ceremonia más de arrepentimiento, sino acceso real a quienes toman decisiones, reconocimiento sin filtros y medidas verificables que impidan que el problema se diluya en reuniones cerradas y comunicados calculados. En ese sentido, la protesta frente a la nunciatura no es un acto aislado, sino una señal de que la herida sigue abierta y de que la confianza con la Iglesia permanece rota.
Más allá del gesto de este lunes, el conflicto tiene una lectura más amplia: el combate contra la pederastia eclesiástica ya no se mide solo por las denuncias de abusos, sino por la forma en que la institución responde a quienes los padecieron. Cada exclusión reaviva la sospecha de que la Iglesia continúa priorizando su propia narrativa antes que el derecho de las víctimas a ser escuchadas. Y mientras eso siga ocurriendo, el daño no será solo para los supervivientes, sino para la credibilidad de una jerarquía que todavía no ha entendido que el silencio, en estos casos, también es una forma de violencia.



