Nuevo éxodo sacude veredas de Sardinata y Tibú por violencia armada
Imagen: El Tiempo (Colombia)
Un nuevo éxodo golpea las veredas de Sardinata y Tibú, en Norte de Santander, en medio de denuncias por drones cargados con explosivos y una escalada de miedo entre las comunidades. Familias enteras buscan refugio mientras otras quedaron atrapadas en medio de la violencia.
Las veredas de Sardinata y Tibú, en Norte de Santander, volvieron a quedar en el centro de la crisis humanitaria que desde hace meses empuja a cientos de familias a abandonar sus casas. Según denuncias recogidas por El Tiempo (Colombia), un nuevo éxodo masivo se está registrando en la zona, en un contexto marcado por la presencia de drones cargados con explosivos y por el temor generalizado de la población civil.
La alerta no es menor. De acuerdo con la información divulgada, en medio de la emergencia hay personas que están saliendo hacia la cabecera municipal mientras otras quedaron atrapadas en las veredas, sin capacidad real de desplazarse con seguridad. Esa combinación —huida forzada, aislamiento y amenaza armada— describe con crudeza una situación que ya no se limita a un episodio puntual, sino a un patrón de descomposición del control territorial en una de las regiones más sensibles del país.
Norte de Santander lleva años cargando el peso de la disputa entre grupos armados ilegales, economías criminales y una institucionalidad que llega tarde o no logra contener la violencia. Lo que ocurre en Sardinata y Tibú importa porque no solo expone el deterioro de la seguridad en el Catatumbo, sino también el costo humano de esa guerra: campesinos obligados a dejar cultivos, niños interrumpiendo su vida escolar y comunidades enteras sobreviviendo entre el miedo y la incertidumbre. Cuando la amenaza se moderniza, como ocurre con el uso de drones, el impacto sobre la población civil se vuelve todavía más difícil de anticipar y contener.
Este nuevo desplazamiento masivo también deja en evidencia la fragilidad de la respuesta estatal en zonas rurales donde la presencia del Estado suele medirse más por operativos de emergencia que por prevención sostenida. Si la violencia sigue empujando a la gente fuera de sus veredas, el problema ya no será solo de orden público: será de gobernabilidad, de atención humanitaria y de abandono territorial. En el Catatumbo, cada nueva denuncia confirma que la población civil sigue pagando el precio más alto de una guerra que no termina.




