La final del Mundial en Nueva York se inclinó hacia el show y no solo hacia el fútbol
Imagen: El País
La final del Mundial en Nueva York terminó convertida en un show de entretenimiento global: Shakira, Coldplay, BTS y Gustavo Dudamel dominaron una pausa que pareció diseñada para la televisión más que para el fútbol. En medio de un estadio enfriado por la logística del espectáculo, Madonna y Justin Bieber aportaron los momentos más discutidos.
La final del Mundial en Nueva York dejó una imagen difícil de ignorar: el partido más importante del torneo quedó envuelto por una maquinaria de entretenimiento que lo acercó más a una Super Bowl que a una definición futbolera. La media hora de pausa se convirtió en el verdadero escaparate del evento, con una sucesión de números musicales encabezados por Shakira, Coldplay, BTS y Gustavo Dudamel, que terminaron por desplazar al fútbol del centro de la escena, al menos por unos minutos.
Según relató El País, Madonna apareció con un espectáculo pregrabado, mientras que Justin Bieber ofreció una interpretación acústica que, lejos de levantar el ánimo, dejó una sensación más contenida. El contraste con el resto de las presentaciones fue evidente: cuando entraron en juego los artistas de mayor peso escénico, el estadio de Nueva York cambió de tono y se llenó de energía, aplausos y una atmósfera de celebración que desbordó lo estrictamente deportivo. La organización apostó por una pausa de media hora que no buscó solo entretener, sino convertir la final en un producto cultural de consumo masivo.
Ese giro no es casual. El fútbol, especialmente en grandes citas internacionales, lleva años aprendiendo del modelo estadounidense de espectáculo total: música, luces, figuras globales y una narrativa pensada para audiencias que ya no se limitan a quienes siguen el marcador. En ese sentido, la final en Nueva York funcionó como una demostración de poder de la industria del entretenimiento, capaz de juntar en un mismo escenario a íconos del pop latino, del rock internacional, del K-pop y de la dirección orquestal. Pero también deja una pregunta incómoda: cuando el show se come el partido, ¿qué queda del deporte como protagonista principal?
Para el público, el efecto es ambivalente. Por un lado, la fórmula amplía el alcance de la final y la vuelve un evento más atractivo para espectadores ocasionales; por otro, refuerza la sensación de que el fútbol de élite cada vez depende más del espectáculo externo para sostener su valor mediático. En una época en la que cada transmisión compite con miles de estímulos, la final del Mundial en Nueva York mostró que ya no basta con jugar bien: también hay que producir un evento capaz de capturar la atención global desde el primer minuto hasta la última pausa.



