Alicante evita el colapso con los nuevos controles de la UE, pero crece la incomodidad

Imagen: El País
Alicante esquivó este lunes las largas colas que han generado en otros aeropuertos europeos los nuevos controles fronterizos de la UE para viajeros extracomunitarios. El registro fue ágil, pero entre algunos pasajeros quedó la sensación de que el sistema distingue de forma incómoda entre quienes llegan de dentro y fuera de Europa.
El aeropuerto de Alicante-Elche logró este lunes evitar el caos que sí se ha visto en otros puntos de Europa con la puesta en marcha de los nuevos controles fronterizos de la Unión Europea. En una terminal especialmente sensible por su alta afluencia de viajeros británicos, el registro de entrada para pasajeros extracomunitarios se movió con rapidez y sin las colas kilométricas que habían encendido las alarmas en otros aeropuertos del continente. Aun así, varios usuarios describieron escenas de confusión y pequeños tropiezos en un procedimiento que, aunque funciona con agilidad cuando el flujo es ordenado, sigue siendo nuevo para buena parte de los viajeros.
El sistema comenzó a aplicarse en el marco del despliegue del Entry/Exit System, la base de datos que la UE está activando para reforzar el control de quienes no pertenecen al bloque comunitario. Según reportó El País desde Alicante, el proceso en este aeropuerto fue más sencillo de lo esperado para muchos pasajeros: verificación documental, registro biométrico y paso relativamente rápido por el control. El contraste con otras terminales europeas, donde se habían anticipado demoras severas, fue evidente. Sin embargo, el ambiente no estuvo exento de dudas: algunos viajeros no entendían por qué debían someterse a un trámite adicional, mientras otros se mostraban sorprendidos por la separación más visible entre ciudadanos europeos y no europeos en el acceso al espacio Schengen.
Ahí está el verdadero debate que deja esta primera jornada: la eficacia operativa puede amortiguar el impacto inmediato, pero no borra la discusión política y social sobre el sentido de estos controles. La UE sostiene que el nuevo sistema busca ordenar entradas, mejorar la seguridad y detectar abusos de estancia, una lógica que en los papeles suena razonable para cualquier gobierno que quiera saber quién entra y quién sale. Pero para miles de pasajeros —en especial británicos, muy presentes en Alicante por el turismo y las segundas residencias— el mensaje que queda es otro: una frontera europea más tecnológica, más intrusiva y también más selectiva. En la práctica, esto puede traducirse en controles más estrictos, en una experiencia de viaje menos fluida y en una nueva capa de fricción para un aeropuerto que depende en buena medida del turismo internacional.
Alicante, por ahora, ha salido bien librada del primer examen. Pero lo ocurrido deja una advertencia clara: si el sistema se expande sin suficiente información al pasajero y sin personal entrenado para resolver dudas, la promesa de modernización puede convertirse rápidamente en una fuente de retrasos, quejas y mala imagen para la propia UE. Y en aeropuertos como este, donde cada minuto cuenta para el visitante y para la economía local, el éxito o el fracaso de estos controles no es un detalle técnico: puede terminar afectando directamente el pulso del turismo y la percepción de Europa como destino abierto.



