Combates en Nariño dejan seis militares heridos y ocho presuntos subversivos muertos
Imagen: El Tiempo (Colombia)
Un ataque en zonas rurales de Los Andes Sotomayor, Nariño, dejó seis militares heridos y desató combates con disidencias que terminaron con ocho presuntos subversivos muertos, según informó El Tiempo (Colombia). El episodio vuelve a mostrar la fragilidad de la seguridad en el suroccidente del país.
Seis militares resultaron heridos tras un ataque en áreas rurales del municipio de Los Andes Sotomayor, en el noroccidente de Nariño, donde además se desencadenaron fuertes combates entre tropas del Ejército y hombres armados identificados por las autoridades como disidencias. El enfrentamiento dejó, de acuerdo con la información divulgada por El Tiempo (Colombia), ocho presuntos subversivos muertos, en un nuevo episodio de violencia que confirma que esta franja del suroccidente sigue siendo una de las más disputadas del país.
Los hechos ocurrieron en una zona de difícil acceso, donde la presencia del Estado suele ser intermitente y donde los grupos armados ilegales han encontrado terreno fértil para moverse, esconderse y presionar a las comunidades. Aunque la información disponible no detalla aún la identidad exacta de los heridos ni el grupo responsable del ataque, sí deja claro que el episodio fue de alta intensidad: primero hubo una acción ofensiva contra la fuerza pública y luego un intercambio armado que elevó de inmediato el saldo de víctimas. En escenarios así, la cuenta no termina en los números reportados; casi siempre hay campesinos atrapados entre los combates, familias confinadas por horas y un miedo que se instala mucho después de que se apagan los tiros.
Lo ocurrido en Los Andes Sotomayor no es un hecho aislado, sino parte de una dinámica más amplia que Colombia arrastra desde hace años: la disputa por corredores estratégicos, economías ilícitas y control territorial en regiones donde la institucionalidad llega tarde o llega incompleta. Nariño, por su ubicación fronteriza y su conexión con rutas hacia el Pacífico, ha sido una pieza codiciada por estructuras armadas que se fragmentaron tras el acuerdo de paz con las antiguas FARC y que hoy operan bajo lógicas de expansión, presión y reacomodo. Por eso cada ataque contra la Fuerza Pública en esta zona tiene una lectura más grande que el parte militar del día: habla de una guerra irregular que sigue mutando y de un Estado que continúa intentando recuperar terreno en municipios donde la población vive entre la amenaza, la economía ilegal y la ausencia de garantías reales.
El impacto de este tipo de enfrentamientos también se mide en la vida cotidiana. Cuando hay combates en veredas y corregimientos, se frenan las labores agrícolas, se restringe la movilidad y se rompe la rutina de comunidades que dependen del tránsito diario para trabajar, vender o estudiar. En Nariño, esa presión pesa sobre familias campesinas que no participan del conflicto, pero sí cargan con sus consecuencias. Por eso, más allá del reporte de seis militares heridos y ocho presuntos subversivos muertos, la noticia vuelve a poner sobre la mesa la pregunta de fondo: cuánto tiempo más podrá el suroccidente colombiano sostener esta guerra por pedazos de territorio sin que la población civil siga siendo la principal víctima silenciosa.

