Los malecones se vuelven motor urbano en Colombia, pero el Chocó sigue esperando el suyo
Imagen: El Tiempo (Colombia)
Los malecones se han convertido en una de las apuestas urbanas más visibles de Colombia: de bordes olvidados pasaron a ser vitrinas de turismo, comercio y vida pública. Mientras varias ciudades ya muestran resultados, el Chocó sigue esperando que esa transformación le llegue.
En varias ciudades de Colombia, los malecones dejaron de ser simples bordes de río o bahía para convertirse en una herramienta de transformación urbana, turística y económica. Lo que antes era un límite degradado, asociado al abandono o a la falta de planeación, hoy empieza a funcionar como una nueva fachada de ciudad: un espacio para caminar, vender, encontrarse y atraer visitantes. La tendencia ya cambió la imagen de varios centros urbanos, pero también abrió una pregunta incómoda sobre quiénes se benefician realmente de estas obras y por qué regiones como el Chocó siguen a la espera de una intervención similar.
De acuerdo con lo que ha venido mostrando El Tiempo (Colombia), estos proyectos han ganado terreno porque combinan obra pública, reactivación comercial y recuperación del espacio común. No se trata solo de embellecer una ribera: cuando un malecón funciona, se mueve la economía alrededor. Aparecen vendedores, restaurantes, operadores turísticos y nuevos recorridos para residentes y visitantes. En ciudades donde la infraestructura era escasa o estaba desconectada del entorno, estos corredores se han convertido en una carta de presentación y en una apuesta para ordenar el uso del borde urbano. El resultado visible es un cambio de paisaje; el efecto menos visible, pero más importante, es la disputa por el uso del suelo, la seguridad y el acceso ciudadano.
Ese auge, sin embargo, pone en evidencia una desigualdad territorial que Colombia arrastra desde hace décadas. Mientras algunas capitales y municipios costeros logran invertir en paseos peatonales y frentes fluviales, otras zonas con enorme valor ambiental y cultural siguen atrapadas entre la falta de recursos, la baja presencia institucional y la ausencia de proyectos estructurales. El caso del Chocó es especialmente significativo: un territorio atravesado por ríos, con vocación natural para este tipo de intervenciones, pero históricamente marginado de la infraestructura que sí ha llegado a otras regiones. Por eso la discusión no es solo urbanística. También es política: quién decide dónde se invierte, qué ciudades se vuelven vitrinas y cuáles continúan esperando obras básicas para conectar su desarrollo con su entorno.
La expansión de los malecones en Colombia muestra una idea sencilla pero poderosa: el espacio público bien pensado puede cambiar la relación entre una ciudad y su gente. Pero también deja una lección más dura: la transformación urbana no puede depender únicamente del atractivo turístico ni de la lógica de la foto bonita. Si el país quiere que estos proyectos dejen de ser privilegio de unas pocas ciudades, tendrá que resolver algo más profundo que el diseño de una orilla: la desigual distribución de la inversión pública y la persistente deuda con regiones como el Chocó, donde el malecón sigue siendo, por ahora, una promesa.


