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Brasil vota por rechazo: la polarización convierte las presidenciales en un plebiscito del miedo

Hace 1 hora
Brasil vota por rechazo: la polarización convierte las presidenciales en un plebiscito del miedo

Imagen: El País

Brasil llega a las presidenciales atrapado en una polarización extrema que convierte el voto en una elección por descarte. Entre el oficialismo de izquierda y la derecha de Flávio Bolsonaro, muchos electores no eligen un proyecto: intentan frenar al rival que más temen.

Las elecciones presidenciales en Brasil están siendo atravesadas por una lógica inquietante: para buena parte del electorado, ya no se trata de votar por convicción, sino de votar contra alguien. La contienda entre el presidente izquierdista y el derechista Flávio Bolsonaro ha instalado una atmósfera de confrontación tan cerrada que el llamado “voto del odio” termina pesando más que las propuestas. En ese escenario, millones de brasileños parecen encaminados a escoger el mal menor, una fórmula que revela tanto el desgaste de la política como el nivel de desconfianza acumulado en el país.

Según informó El País, la campaña ha quedado atrapada en una polarización extrema que reduce el debate público a una disputa emocional y casi identitaria. Del lado del oficialismo, la promesa es sostener un proyecto de corte progresista en medio de una economía exigente y de una sociedad todavía dividida por los últimos ciclos políticos. Del lado de Bolsonaro, el discurso se apoya en una derecha dura que capitaliza el rechazo a la izquierda, la inseguridad y el malestar con las élites tradicionales. En ese choque, los votantes quedan expuestos a mensajes que apelan más al miedo, al resentimiento y a la lealtad tribal que a soluciones concretas para problemas como la inflación, el empleo o la violencia.

Lo que ocurre en Brasil importa mucho más allá de sus fronteras. La mayor economía de América Latina vuelve a mostrar cómo la radicalización puede vaciar de contenido una elección y empujar a los ciudadanos a decidir por supervivencia política antes que por afinidad ideológica. Esa degradación del debate no solo erosiona la gobernabilidad del próximo presidente; también anticipa un país más difícil de administrar, con mayor tensión entre instituciones, Congreso, redes sociales y calles. Para la región, el caso brasileño vuelve a dejar una lección incómoda: cuando la política se organiza alrededor del odio al adversario, el resultado puede ser una democracia formalmente intacta pero profundamente debilitada en su capacidad de construir acuerdos.

El riesgo es que, gane quien gane, el país termine con un mandato frágil desde el primer día. Si una parte importante del electorado vota por rechazo y no por adhesión, el nuevo gobierno tendrá menos margen para conciliar y más presión para responder a una base que exige confrontación. En un Brasil tan fragmentado, esa es una receta conocida: ciclos cortos de esperanza, seguidos por nuevas oleadas de frustración. Y para una ciudadanía cansada de crisis, ese es quizá el dato más preocupante de todos.

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