Política

Desmienten montaje contra Aída Quilcué: no tiene un hijo llamado Juan Quilcué

Hace 3 horas

Una cadena de publicaciones en redes intentó instalar que Aída Quilcué, fórmula vicepresidencial de Iván Cepeda, tendría un hijo llamado Juan Quilcué con cargos estatales y denuncias por abuso. La verificación de El Tiempo - Política desmonta esa versión: no existe tal hijo y los videos virales corresponden al ‘streamer’ El Chanty.

Una nueva oleada de desinformación política puso en la mira a Aída Quilcué, líder indígena nasa y fórmula vicepresidencial de Iván Cepeda, con una acusación que buscaba ser devastadora: que tendría un supuesto hijo llamado Juan Quilcué, beneficiado con salarios del Estado y protagonista de hechos de abuso. La afirmación circuló con fuerza en redes sociales, donde este tipo de montajes suele propagarse más rápido que cualquier desmentido. Sin embargo, según verificó El Tiempo - Política, la versión no resiste revisión básica: Quilcué no tiene un hijo con ese nombre y el material audiovisual usado para sostener la denuncia no corresponde a un familiar suyo, sino al creador de contenido conocido como El Chanty.

La confusión fue fabricada a partir de videos virales que fueron sacados de contexto y reutilizados para construir una narrativa política falsa. De acuerdo con la revisión citada por El Tiempo - Política, las imágenes difundidas en las publicaciones no pertenecen a un supuesto Juan Quilcué, sino al ‘streamer’ El Chanty, cuya identidad y actividad pública están desligadas de la dirigente indígena. En otras palabras, la denuncia se apoyó en una asociación espuria: se tomó un rostro conocido en internet, se le cambió la identidad y se intentó conectar con una figura de alto perfil en la campaña de Cepeda. Ese es uno de los mecanismos más frecuentes de la desinformación electoral: combinar elementos verdaderos, como un video existente o un nombre reconocido, con una conclusión completamente inventada.

El caso importa por dos razones. Primero, porque Aída Quilcué no es una dirigente cualquiera: su trayectoria como lideresa indígena la convierte en una figura de alto valor simbólico y político dentro del progresismo colombiano. Segundo, porque estas campañas de descrédito no solo buscan afectar a una persona, sino contaminar la discusión pública con rumores difíciles de desmontar una vez se viralizan. En un país donde la polarización ya está al rojo vivo, la estrategia de atacar a candidatos y candidatas con montajes familiares o acusaciones morales suele tener más impacto que el debate sobre propuestas. Y eso golpea sobre todo al ciudadano común, que termina recibiendo ruido en lugar de información útil para decidir su voto.

Lo que deja este episodio es una advertencia clara: en época electoral, la mentira no siempre entra por la puerta grande del fake burdo, sino por la grieta de la apariencia verosímil. Un nombre inventado, una historia familiar falsa y un video fuera de contexto bastaron para sembrar sospecha. Pero la verificación periodística, como la que hizo El Tiempo - Política, muestra que detrás del escándalo no había una denuncia sólida sino una fabricación política. En una campaña donde cada ataque puede moldear percepciones, distinguir entre hechos y montaje no es un ejercicio académico: es una defensa mínima de la democracia.

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