Madrid apuesta por una cumbre iberoamericana sin las grandes ausencias de Ecuador
España confía en reunir en Madrid a la mayoría de los líderes iberoamericanos en la cumbre del 4 y 5 de noviembre. Ya tiene confirmada la asistencia de diez jefes de Estado y busca evitar un boicot como el que marcó la cita de 2024 en Ecuador.
España llega a la XXX Cumbre Iberoamericana con un objetivo claro: evitar el vacío de liderazgo que castigó la edición anterior y convertir Madrid en una foto política de peso para los 22 países del foro. El Gobierno de Pedro Sánchez ya tiene confirmada la asistencia de una decena de jefes de Estado para la cita del 4 y 5 de noviembre y confía en que la gran mayoría de mandatarios termine aterrizando en la capital española. En diplomacia, el número importa, pero también el mensaje: Madrid quiere mostrar que la comunidad iberoamericana todavía puede funcionar como espacio de encuentro en medio de una región atravesada por polarización, recelos ideológicos y agendas nacionales cada vez más cerradas.
Según la información transmitida por el Ejecutivo español y recogida por EFE, las conversaciones siguen abiertas con el resto de gobiernos y la previsión oficial es que las ausencias sean limitadas. Aunque todavía no se ha detallado qué países ya confirmaron a su máximo nivel, en el Gobierno aseguran que el escenario será muy distinto al de Cuenca, Ecuador, donde en 2024 la cumbre quedó reducida a una presencia simbólica: apenas asistieron tres jefes de Estado, entre ellos el rey Felipe VI, el presidente anfitrión Daniel Noboa y el mandatario portugués Marcelo Rebelo de Sousa. Para Madrid, ese antecedente funciona casi como una advertencia: una cumbre sin peso político real termina convertida en una reunión protocolaria, incapaz de producir acuerdos o proyectar liderazgo regional.
Entre las ausencias que hoy se dan casi por descontadas está Nicaragua, cuyo poder queda en manos de la dupla Daniel Ortega-Rosario Murillo, y también Panamá, donde la agenda interna choca con la celebración de las fiestas patrias. En paralelo, el Gobierno español no descarta la presencia de figuras de alto perfil como Javier Milei, Nayib Bukele o Claudia Sheinbaum, cuya eventual asistencia tendría un fuerte valor simbólico. Especial atención merece México: España considera clave que Sheinbaum acuda, aunque sabe que la nueva presidenta no suele multiplicar sus viajes al exterior. También sigue sobre la mesa el caso de Venezuela, donde Madrid preferiría ver a Delcy Rodríguez, pese a que la dirigente continúa sancionada por la Unión Europea por su papel en el gobierno de Nicolás Maduro. España incluso pidió a Bruselas revisar esa inclusión, una gestión que todavía depende de la unanimidad de los Veintisiete.
Lo que se juega en noviembre no es una simple foto institucional. Para España, que intenta reposicionarse como puente entre Europa y América Latina, una cumbre nutrida de mandatarios sería una señal de que aún existe espacio para una agenda iberoamericana común en comercio, migración, democracia y cooperación. Para América Latina, también puede ser una oportunidad de salir del aislamiento bilateral y sentarse a discutir en bloque problemas que hoy cruzan a toda la región: el peso de la deuda, la desaceleración económica y la fragmentación política. Si Madrid logra reunir a los grandes nombres, la cumbre podría recuperar relevancia; si falla, quedará claro que el foro iberoamericano sigue arrastrando el mismo problema de fondo: mucha retórica, pero poca capacidad de convocatoria real.



