España resiste el choque con Marruecos y crece la presión por cambiar de tono

Imagen: El País
España no modificará su estrategia con Marruecos pese al malestar por la crisis de Ceuta, aunque crece la presión para endurecer el tono con Rabat. Diplomáticos, exministros y expertos reclaman firmeza, pero el Gobierno apuesta por mantener el rumbo.
El Gobierno español no tiene intención de rectificar su política hacia Marruecos tras la crisis migratoria y diplomática en Ceuta, pese al malestar que dejó la llegada masiva de personas a la ciudad autónoma y a las críticas que se han multiplicado dentro y fuera del ámbito diplomático. La señal política es clara: Madrid quiere preservar la relación con Rabat como una prioridad estratégica, aun cuando eso implique asumir costos internos y una sensación de vulnerabilidad en la frontera sur.
Según informó El País, la mayoría de los diplomáticos, exministros y expertos consultados considera que el Ejecutivo debería cambiar de tono y mostrar más firmeza frente a Marruecos. Ese diagnóstico no cuestiona solo la respuesta a la crisis de Ceuta, sino el enfoque general de la relación bilateral, marcada desde hace años por una mezcla de cooperación imprescindible y tensiones recurrentes. Los críticos sostienen que la diplomacia española ha tendido a gestionar los choques con excesiva cautela, dejando espacio para que Rabat convierta cada desavenencia en una palanca de presión política.
El trasfondo es más amplio que un episodio puntual de control fronterizo. Marruecos sigue siendo un socio clave para España en migración, seguridad, comercio y lucha antiterrorista, pero también un interlocutor que ha demostrado saber explotar las debilidades del vecino del norte. Por eso la discusión va más allá del lenguaje diplomático: se trata de saber si la relación debe basarse en la contención y la dependencia práctica, o en una estrategia más equilibrada que ponga límites visibles. En términos políticos, el problema para el Gobierno es doble: si endurece la postura, arriesga la cooperación con Rabat; si no lo hace, alimenta la percepción de que España responde tarde y con poca autoridad cuando se rompe el equilibrio.
La crisis de Ceuta ha dejado además una lección incómoda para la política exterior española: la frontera sur no es solo un asunto de inmigración, sino un termómetro de la relación con Marruecos y, por extensión, de la capacidad del Estado para defender sus intereses sin poner en riesgo una convivencia diplomática que considera indispensable. El debate que ahora se abre no es menor. De fondo, está la pregunta de si España puede seguir sosteniendo la misma estrategia cuando una parte creciente del establishment diplomático le está diciendo que la prudencia, por sí sola, ya no alcanza.




