Política

Petro minimiza su saludo nazi y desata otra tensión con Israel

Hace 4 horas

La polémica por el saludo nazi atribuido a Gustavo Petro escaló tras su intento de explicar el gesto como una “estupidez de comunicación”. La respuesta del embajador de Israel ante la ONU, que lo calificó de “delirante”, volvió a poner bajo tensión la relación entre Bogotá y Tel Aviv.

La controversia alrededor de Gustavo Petro volvió a cruzar la línea entre la anécdota y el incidente diplomático. Según informó El Tiempo - Política, el presidente colombiano intentó restarle peso al episodio en el que hizo un gesto interpretado como un saludo nazi y lo atribuyó a una “estupidez de comunicación”, una explicación que no apagó el incendio sino que lo alimentó. La reacción más dura llegó desde Israel: su embajador ante la ONU, Gilad Erdan, respondió con el calificativo de “delirante”, dejando claro que el episodio ya no se lee solo como una torpeza retórica, sino como un asunto con carga política internacional.

La polémica se da en medio de una relación ya marcada por choques entre el gobierno colombiano e Israel. Petro ha venido endureciendo su discurso frente a la ofensiva israelí en Gaza y ha convertido su política exterior en una extensión de su agenda ideológica, con mensajes que suelen provocar respuestas inmediatas en escenarios multilaterales y en redes sociales. En ese contexto, cualquier gesto, frase o improvisación adquiere una dimensión mayor: no solo afecta la imagen del mandatario, sino también la credibilidad de Colombia como interlocutor diplomático. El problema, en este caso, no es únicamente la imagen del saludo en sí, sino la lectura que deja su explicación posterior: un presidente que intenta corregir una controversia con una frase que termina abriendo otra.

Esto importa porque la política exterior no es un asunto abstracto ni un intercambio de egos entre gobiernos; tiene efectos concretos sobre comercio, cooperación, seguridad y reputación internacional. Cuando un jefe de Estado entra en un terreno simbólico tan sensible como el nazismo —una referencia imposible de banalizar por su peso histórico— el costo político no se limita a la conversación pública interna. También se deteriora el margen de maniobra de la diplomacia colombiana, que ya enfrenta el reto de sostener vínculos con aliados tradicionales mientras el presidente insiste en una narrativa de confrontación moral con gobiernos extranjeros. Para una ciudadanía que no vive de la retórica sino de resultados, la discusión termina siendo otra: cuánto le cuesta al país que su política exterior dependa del impulso, la indignación o la improvisación.

La reacción del representante israelí en Naciones Unidas muestra, además, que el episodio puede seguir escalando si no hay una rectificación más clara o una desescalada deliberada desde la Casa de Nariño. Petro ha demostrado que no suele retroceder cuando se trata de sus posiciones internacionales, pero cada vez es más evidente que su estilo confrontacional tiene un precio: desgasta puentes, polariza el debate interno y expone a Colombia a choques innecesarios en escenarios donde la precisión diplomática debería pesar más que el golpe de efecto. En la política exterior, las palabras no solo importan; también dejan cicatrices.

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