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Trump, la ONU y el costo de debilitar el único árbitro global

Hace 11 horas

Donald Trump no solo volvió a golpear a las instituciones multilaterales: también reabrió la discusión sobre quién protege a las democracias cuando las potencias deciden mirar hacia adentro. La paradoja es clara: la ONU es imperfecta, pero desmontarla deja al mundo más expuesto y menos capaz de responder a crisis globales.

El ataque de Donald Trump a las instituciones internacionales vuelve a dejar una verdad incómoda sobre la mesa: la arquitectura global que tanto se critica sigue siendo indispensable cuando estallan crisis que ningún país puede resolver solo. La ONU, con todas sus fallas, burocracia e impotencia frecuente, funciona todavía como una línea mínima de contención frente a guerras, desplazamientos, pandemias, hambre y conflictos que se expanden más rápido que la voluntad política de los gobiernos. Y cuando Washington decide deslegitimarla o vaciarla de poder, el resultado no es una reforma más eficiente, sino un mundo más desprotegido.

Según informó Clarín Colombia, el golpe de Trump a las instituciones internacionales no debe leerse como un episodio aislado de confrontación retórica, sino como parte de una estrategia más amplia que cuestiona el valor mismo de la cooperación multilateral. En esa lógica, organismos creados para poner límites, arbitrar disputas o coordinar respuestas globales pasan a ser vistos como obstáculos. El problema es que esa mirada ignora una realidad elemental: sin instituciones comunes, los países más débiles quedan a merced de las decisiones de los más fuertes, y los problemas transnacionales —desde la migración forzada hasta el cambio climático— se vuelven todavía más difíciles de administrar.

El trasfondo importa porque la ONU no nació para ser perfecta, sino para evitar que el planeta repitiera los errores que llevaron a las guerras del siglo XX. Sus mecanismos son lentos, sí, y muchas veces quedan paralizados por vetos y cálculos geopolíticos, pero su existencia permite algo que la política de poder por sí sola no garantiza: un marco mínimo de legitimidad internacional. En América Latina, y particularmente en Colombia, eso no es una discusión abstracta. La región depende de instancias multilaterales para canalizar ayuda humanitaria, respaldar procesos de paz, monitorear derechos humanos y sostener respuestas ante crisis migratorias o sanitarias. Cuando se debilita el sistema internacional, los costos terminan cayendo en la gente común: más incertidumbre, menos coordinación y mayor margen para que los conflictos escalen sin mediación.

La gran paradoja es que quienes desprecian estas instituciones suelen hacerlo desde la comodidad que les permite un orden que otros ayudaron a construir. Criticar la ONU por sus fracasos es legítimo; abandonar el terreno multilateral, no. Porque el vacío que deja una organización debilitada no lo llena automáticamente la eficiencia ni la libertad: lo llenan la fuerza, el unilateralismo y, casi siempre, el interés del más poderoso. Y en un mundo cada vez más interdependiente, esa es una receta peligrosa para todos, especialmente para los países que menos capacidad tienen de defenderse solos.

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