Política

Curules de paz le dan aire político a Abelardo De La Espriella

Hace 2 horas

Once de los 16 representantes de las curules de paz anunciaron su respaldo a Abelardo De La Espriella, un movimiento que reacomoda el tablero político en los territorios más golpeados por la guerra. La adhesión abre preguntas sobre las lealtades de estas vocerías y el peso real de la agenda de paz en la nueva correlación de fuerzas.

El respaldo de 11 de los 16 representantes de las curules de paz al presidente electo Abelardo De La Espriella introduce una señal política potente en los territorios donde la guerra dejó la huella más profunda. No se trata solo de un gesto de apoyo electoral: el anuncio revela una alineación inesperada entre vocerías surgidas para representar a comunidades históricamente excluidas y un liderazgo que ahora llegará al poder con un mandato que, por lo visto, empieza a construir mayorías incluso en escenarios que tradicionalmente han desconfiado de la política central.

Según informó El Tiempo - Política, los apoyos provienen de representantes de los territorios más golpeados por el conflicto armado, un dato que da dimensión al movimiento. En la práctica, hablamos de 11 voces que encarnan las reclamaciones de regiones donde la violencia, el abandono estatal y la disputa por el control territorial han marcado la vida cotidiana durante décadas. Su decisión de respaldar al abogado electo no solo fortalece su capital político, sino que también envía una señal a otros sectores: la gobernabilidad de De La Espriella no dependerá únicamente de alianzas tradicionales en el Congreso o de pactos con las élites, sino de la capacidad de tejer legitimidad en zonas donde la reconciliación sigue siendo incompleta.

La relevancia de este apoyo está en el fondo del mensaje político. Las curules de paz nacieron como una fórmula para abrir espacio a comunidades apartadas del centro del poder, con la promesa de llevar al debate nacional las urgencias del posconflicto. Por eso, cuando una mayoría de sus representantes decide cerrar filas con el presidente electo, el gesto puede leerse de dos maneras: como una apuesta pragmática para influir desde adentro en la agenda del nuevo gobierno, o como una señal de que esas regiones buscan interlocutores capaces de traducir sus reclamos en resultados concretos, más allá de la etiqueta ideológica. En un país donde la palabra “paz” ha sido usada tantas veces como bandera y tan pocas como política verificable, este tipo de adhesiones también obligan a mirar qué compromisos específicos asumirán las partes.

Para la gente de a pie en esos territorios, el asunto no es menor. Si este respaldo se traduce en inversiones, seguridad, presencia institucional y sustitución de economías ilegales por oportunidades reales, podría significar un giro en la relación entre el Estado y las comunidades que más han pagado la guerra. Pero si se queda en una movida simbólica, terminará reforzando la vieja desconfianza que acompaña a los anuncios políticos en Colombia: mucho ruido, poca transformación. Lo cierto es que el apoyo de la mayoría de las curules de paz a De La Espriella no solo reacomoda las fuerzas en el Congreso; también pone a prueba, desde el primer día, la credibilidad del nuevo gobierno frente a los territorios donde la paz sigue siendo una promesa pendiente.

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