Tailandia despide a la princesa Bah tras más de tres años en coma

Imagen: clarin colombia
Tailandia perdió a Bajrakitiyabha, la hija mayor del rey y una de las figuras más visibles de la monarquía. La princesa murió a los 47 años después de pasar más de tres años en coma por un grave problema cardíaco, según informó Clarín Colombia.
La princesa Bajrakitiyabha, hija mayor del rey de Tailandia y una de las figuras más relevantes de la familia real, murió a los 47 años después de permanecer más de tres años en coma, de acuerdo con la información difundida por Clarín Colombia. Su estado de salud se había agravado de manera sostenida desde 2022, cuando fue hospitalizada por una emergencia cardíaca que terminó marcando el desenlace de una de las trayectorias más seguidas dentro de la monarquía tailandesa.
El caso había generado atención dentro y fuera de Tailandia por una razón simple: no se trataba solo de una princesa, sino de una heredera con peso simbólico y político en un país donde la Casa Real sigue ocupando un lugar central en la vida pública. Bajrakitiyabha era vista por muchos observadores como una figura con proyección institucional, no solo por su posición en la línea de sucesión, sino también por su perfil más cercano a causas públicas, diplomáticas y de representación estatal. Su hospitalización en 2022 abrió un prolongado periodo de incertidumbre que, con el paso de los meses, se convirtió en una larga agonía médica y mediática.
La noticia importa porque vuelve a poner sobre la mesa la fragilidad de una institución que, pese a su poder histórico, depende también de la estabilidad física y simbólica de sus principales integrantes. En Tailandia, donde la monarquía es un eje de identidad nacional y un actor de enorme influencia, la salud de los miembros de la familia real no es un asunto privado: tiene consecuencias en el equilibrio interno, en la percepción pública y en las conversaciones sobre sucesión y continuidad. La muerte de Bajrakitiyabha no solo cierra un capítulo doloroso para el palacio; también reordena, al menos en el plano simbólico, las miradas sobre el futuro de la corona.
Más allá del protocolo y de los comunicados oficiales, el caso deja una lección evidente: incluso las instituciones más blindadas terminan expuestas cuando la incertidumbre se prolonga demasiado. Durante más de tres años, la princesa permaneció en una zona gris entre la esperanza y el deterioro, una situación que mantuvo en vilo a la opinión pública y a la propia estructura de poder en Tailandia. Su muerte deja preguntas sobre lo que viene para la monarquía y sobre cómo un país altamente jerarquizado procesa la pérdida de una figura que, aunque ausente de la vida pública durante años, seguía ocupando un lugar importante en el imaginario nacional.


