Netanyahu desafía a la ONU entre boicots y ataques cruzados por la guerra en Gaza
Imagen: El País
Benjamín Netanyahu convirtió su discurso ante la ONU en una demostración de fuerza frente a una sala parcialmente vacía y en medio del boicot de varias delegaciones. Mientras defendía la ofensiva sobre Gaza, Mahmoud Abbas acusó a Israel de impulsar una limpieza étnica contra los palestinos.
Benjamín Netanyahu llegó a la Asamblea General de la ONU decidido a desafiar el aislamiento internacional que arrastra por la guerra en Gaza, y salió con un mensaje calculado para su base política: no cederá ante las acusaciones de genocidio ni ante la presión diplomática. El primer ministro israelí habló ante un hemiciclo parcialmente vacío, en una escena que resumió mejor que cualquier discurso el desgaste de su gobierno: varios delegados abandonaron la sala en señal de protesta, mientras él insistía en que las denuncias contra Israel forman parte, según su lectura, de una campaña de deslegitimación. La imagen de soledad en Nueva York coincide con un momento crítico en casa, donde Netanyahu se juega su futuro político en las elecciones del próximo mes.
En su intervención, el jefe de gobierno israelí buscó presentarse como un líder cercado por enemigos y por organismos internacionales que, a su juicio, han perdido toda autoridad moral para juzgar a Israel. Rechazó de plano que la ofensiva militar sobre Gaza pueda calificarse como genocidio y elevó el tono frente a las críticas, en una estrategia que parece apuntar tanto al escenario global como al electorado israelí. Del otro lado, el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmoud Abbas, endureció también su diagnóstico y acusó a Israel de llevar a cabo una limpieza étnica contra la población palestina. La jornada dejó así dos relatos irreconciliables sobre una guerra que sigue devastando Gaza y que ha ampliado la fractura diplomática entre Israel y buena parte de la comunidad internacional.
Lo ocurrido en la ONU importa porque refleja algo más profundo que un intercambio de acusaciones: el conflicto ya no se libra solo con armas en Gaza, sino también en el terreno de la legitimidad política. Para Netanyahu, la tribuna internacional sirve para reforzar una narrativa de resistencia, útil en tiempos electorales y en medio de una presión creciente por el costo humano de la guerra. Pero el boicot parcial a su discurso también expone el deterioro de la imagen de Israel y la dificultad de sostener, ante la opinión pública global, una ofensiva que ha dejado miles de muertos y una crisis humanitaria de gran escala. En Washington, en Bruselas y en varias capitales latinoamericanas, el debate sobre Gaza ya no se limita a la seguridad de Israel: incluye cada vez más preguntas sobre responsabilidad, proporcionalidad y el futuro político de los palestinos.
El episodio en Naciones Unidas confirma que Netanyahu apuesta por la confrontación como capital político, aun a costa de profundizar su aislamiento. Si le funciona dentro de Israel dependerá de algo más que su discurso en Nueva York: dependerá de si una sociedad golpeada por la guerra sigue viendo en la dureza una garantía de seguridad o empieza a leerla como el camino más corto hacia una crisis todavía mayor.



