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Operativo en Huila golpea a las disidencias y reaviva la sombra sobre el crimen de Miguel Uribe

Hace 2 horas

Un operativo militar en Huila terminó con la muerte de Robinson Gutiérrez, señalado como uno de los hombres clave en la financiación del asesinato del senador Miguel Uribe. El presidente Abelardo de la Espriella dijo que la ofensiva ahora apunta a Iván Márquez.

La muerte de Robinson Gutiérrez en un operativo militar en el departamento de Huila marca un nuevo capítulo en la ofensiva del Estado colombiano contra las disidencias de las FARC, pero también deja al descubierto la persistencia de redes armadas que siguen operando con capacidad de mando, financiación y presión territorial. Según informó Clarín Colombia, Gutiérrez fue dado de baja en una acción anunciada por el presidente Abelardo de la Espriella, quien además elevó el tono político y militar del mensaje al señalar que el objetivo siguiente es Iván Márquez, una de las figuras más visibles de ese entramado ilegal.

De acuerdo con la información divulgada, Gutiérrez habría sido uno de los señalados por su presunta participación en la financiación del magnicidio del senador Miguel Uribe, un caso que mantiene en tensión a la opinión pública y que vuelve a poner sobre la mesa la relación entre política, crimen organizado y violencia armada en Colombia. La referencia del Gobierno no es menor: cuando se habla de financiación de un asesinato de esta magnitud, no se está ante un hecho aislado, sino ante la posible existencia de una estructura con recursos, jerarquía y capacidad de ejecutar operaciones de alto impacto. La advertencia de de la Espriella, al apuntar directamente contra Iván Márquez, sugiere que la respuesta oficial no se limitará a capturas puntuales, sino que busca desarticular el mando político y militar de esas facciones.

Este episodio importa por varias razones. En primer lugar, porque confirma que las disidencias no son un fenómeno residual ni una amenaza de baja intensidad: siguen activas en zonas estratégicas, se financian con economías ilegales y conservan la capacidad de interferir en la vida pública. En segundo término, porque el caso del senador Miguel Uribe introduce una dimensión especialmente delicada: la de los ataques contra líderes políticos en un país donde la violencia contra quienes disputan poder sigue siendo un trauma histórico. Si la investigación avanza y se prueban nexos entre estructuras armadas y ese crimen, el impacto político puede ser enorme, no solo para el Gobierno, sino para el equilibrio institucional y la seguridad de quienes hacen oposición o ejercen liderazgo público.

Más allá del anuncio militar, lo que queda sobre la mesa es una realidad incómoda: Colombia sigue librando una guerra fragmentada, con actores que cambian de nombre pero no de lógica. La muerte de un mando medio puede debilitar una célula, sí, pero difícilmente desarma por sí sola una red que combina territorio, armas, dinero y retaliación. Por eso la frase presidencial contra Iván Márquez no debe leerse solo como una advertencia operativa, sino como un mensaje político en medio de una disputa más amplia por el control del relato: el Gobierno necesita mostrar resultados concretos frente a una ciudadanía cansada de que la violencia siga marcando la agenda nacional.

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