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El voto de disgusto marca las elecciones en Estados Unidos y Brasil

Hace 15 horas

En Estados Unidos y Brasil se impone un voto de disgusto que castiga más de lo que propone. La pelea electoral ya no gira solo en torno a propuestas, sino al miedo que despiertan los candidatos y al hartazgo económico de los votantes.

Las elecciones en Estados Unidos y Brasil están siendo atravesadas por un fenómeno que va más allá de la simpatía política: el voto de disgusto. En lugar de elegir al candidato que más entusiasma, una parte creciente del electorado está optando por el que considera menos dañino. Ese patrón, que ya se ha visto con fuerza en la política estadounidense, amenaza con repetirse en Brasil, donde la disputa entre Flávio Bolsonaro y Lula da Silva parece definida menos por adhesiones firmes que por el temor que despierta cada opción.

Detrás de esa lógica hay una señal clara de malestar social. Cuando el votante decide castigar antes que premiar, la campaña deja de girar en torno a programas y empieza a organizarse alrededor de miedos, rechazos y cuentas pendientes. Según el enfoque planteado por Clarin Colombia, ese clima electoral está siendo alimentado por el desgaste económico, la desconfianza en las élites políticas y la percepción de que ninguna de las alternativas resuelve de fondo los problemas cotidianos. En ese terreno, el debate sobre inflación, empleo y costo de vida pesa más que los grandes discursos ideológicos.

El caso estadounidense sirve como antecedente inmediato: el elector no necesariamente vota por convicción, sino para frenar al adversario. Esa fórmula, aunque eficaz para movilizar bases, suele empobrecer la discusión pública y profundizar la polarización. En Brasil, el escenario apunta en la misma dirección. La competencia entre Lula y el bolsonarismo no solo enfrenta proyectos distintos, sino dos polos que condensan temores muy distintos en amplios sectores del país. Por eso el desenlace no dependerá únicamente de la preferencia, sino de cuál de los dos provoca menos rechazo en el momento decisivo.

Esa es la verdadera novedad política de este ciclo electoral en las Américas: el castigo se volvió una herramienta de decisión masiva. Y cuando una elección se define por el miedo al otro más que por la esperanza en el propio candidato, el resultado puede ser legítimo en las urnas, pero frágil para gobernar después. Para Estados Unidos y Brasil, el problema no termina en la noche electoral: empieza ahí, porque el vencedor deberá administrar sociedades que ya llegaron divididas y exhaustas.

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