Mundial 2026: el negocio que deja ganadores, perdedores y cuentas por pagar

Imagen: BBC Mundo
El Mundial 2026 ya mueve millones antes de empezar y reparte ganancias entre gobiernos, ciudades y grandes empresas. Pero también deja rezagados a vecinos, contribuyentes y pequeños negocios que no siempre ven el supuesto “boom” prometido.
El Mundial de 2026 no solo se jugará en la cancha: ya está produciendo una cascada de dinero que beneficia a organizadores, ciudades sede, patrocinadores y a una larga cadena de sectores vinculados al turismo, la construcción y los derechos comerciales. Pero esa lluvia de ingresos no cae parejo. Mientras unos actores capturan la mayor parte del negocio, otros —incluidos residentes, pequeños comerciantes y en algunos casos los propios contribuyentes— terminan cargando con costos que suelen quedar fuera del relato triunfal sobre el evento.
De acuerdo con el análisis difundido por BBC Mundo, la magnitud económica del torneo responde a un modelo ya conocido en los grandes eventos deportivos: el valor principal no está solo en los partidos, sino en todo lo que se vende alrededor de ellos. Hablamos de boletos, hospedaje, transporte, publicidad, patrocinios, consumo en estadios y una explosión de servicios temporales. Las ciudades anfitrionas se preparan para recibir visitantes y capitalizar el flujo de aficionados, pero ese impulso suele concentrarse en zonas específicas y durante un periodo corto, mientras el costo de infraestructura, seguridad y logística se extiende mucho más allá del pitazo final.
Ese contraste explica por qué el Mundial 2026 vuelve a abrir una discusión de fondo: quién paga realmente la fiesta. En torneos de esta escala, las ganancias tienden a distribuirse hacia arriba, entre federaciones, marcas globales y operadores del negocio deportivo, mientras que los gobiernos locales absorben inversiones públicas en obras, movilidad y protección. Para la gente de a pie, el impacto puede ser ambiguo: algunos negocios sí aprovechan la afluencia de visitantes, pero otros sufren aumentos de arriendos, presión sobre servicios básicos y una competencia desigual frente a grandes cadenas que llegan con músculo financiero y acuerdos previos. Por eso, más que preguntar cuánto dinero genera el Mundial, la pregunta clave es quién se queda con la mayor parte y quién termina financiando la cuenta.
La experiencia de eventos anteriores muestra que el entusiasmo inicial suele chocar con la realidad de largo plazo. El Mundial de 2026 puede dejar infraestructura útil y una vitrina global para las ciudades sede, pero también puede profundizar brechas si los beneficios se privatizan y los costos se socializan. En países como Estados Unidos, donde varias urbes compiten por atraer turismo y consumo, y en México y Canadá, donde también habrá sedes, el debate no es menor: el torneo será una máquina de ingresos, sí, pero también una prueba sobre la capacidad de los gobiernos para evitar que el negocio más rentable del fútbol acabe dejando ganancias para unos pocos y facturas para muchos.




