Los asesinatos que rodean a ‘Castor’ y revelan el poder que aún conserva en Barranquilla
Imagen: El Tiempo (Colombia)
La violencia en Barranquilla sigue dejando una pista inquietante: varios familiares de Jorge Collazos Díaz, alias ‘Castor’, han sido asesinados mientras él permanece preso. El patrón alimenta dudas sobre el alcance real de su poder criminal, incluso cuando insiste en seguir por la vía de la ‘paz’.
La cadena de asesinatos contra familiares de Jorge Collazos Díaz, alias ‘Castor’, vuelve a poner bajo la lupa el peso que conserva este cabecilla de Los Costeños en Barranquilla, aun desde la cárcel. Según informó El Tiempo (Colombia), la sucesión de hechos violentos tiene un punto en común difícil de ignorar: el nombre de un hombre que, pese a estar tras las rejas, sigue siendo una referencia obligada dentro del mapa criminal de la ciudad y mantiene, al mismo tiempo, un discurso de acercamiento a la llamada ‘paz’.
El dato no es menor. Cuando un líder de una estructura delincuencial ve caer a personas de su entorno familiar en medio de una serie de ataques, el mensaje que se proyecta no solo es de retaliación o ajuste de cuentas, sino también de disputa por control, lealtades y territorios. De acuerdo con la información publicada por El Tiempo, la pregunta central ya no es únicamente quiénes han sido las víctimas, sino por qué ese apellido vuelve a aparecer en escenas de violencia en una ciudad donde las economías ilegales, las extorsiones y el sicariato han marcado durante años la vida cotidiana de barrios enteros. En ese escenario, cada asesinato alrededor de un capo preso se convierte en un indicador del alcance que todavía tienen las redes que lo rodean.
El caso de ‘Castor’ también obliga a leer con cuidado el contraste entre su encierro y su influencia. En Colombia, la historia reciente ha mostrado que muchos jefes criminales no pierden poder cuando ingresan a prisión; a menudo lo reconfiguran. Desde allí pueden conservar contactos, ordenar lealtades o convertirse en símbolos de negociación para sectores que buscan bajar la temperatura de la violencia. Por eso, que siga apareciendo asociado a una narrativa de “paz” mientras su círculo cercano es blanco de asesinatos abre una tensión evidente: ¿se trata de una voluntad real de desescalamiento o de una estrategia para sostener control político y criminal en medio de la presión institucional? Para Barranquilla, la respuesta importa porque detrás de cada ataque no hay solo un nombre, sino familias enteras viviendo bajo amenaza y una ciudad que paga el costo social de la guerra entre bandas.
Más allá del caso puntual, lo que está en juego es la capacidad del Estado para desarticular estructuras que sobreviven a las capturas y mantienen vigentes sus cadenas de intimidación. Si los allegados de un cabecilla siguen siendo objetivos, eso sugiere que la violencia no depende exclusivamente de quién esté libre, sino de una maquinaria que se adapta, se fragmenta y sigue operando. En ese sentido, lo ocurrido en Barranquilla no debe leerse como una suma de hechos aislados, sino como una señal de que la criminalidad organizada en la región continúa encontrando formas de castigar, preservar poder y mandar mensajes incluso cuando uno de sus líderes principales está preso.



